Testimonios y Fichas

El traslado a Talcahuano y la tortura desenfrenada*

Al cabo de cuatro días, los primeros casos de torturas no han suscitado reacciones. Nada aparece en la prensa y nadie parece indignarse. Aún más, la condena presidencial a la “infiltración” de la ultraizquierda coloca a los marinos detenidos al márgen de la protección política del gobierno. La pasividad ante las primeras torturas y el aislamiento politico de los marinos detenidos, incitan sin duda a los golpistas de la Armada a dar un nuevo paso.

El general Prats apunta en sus memorias la información transmitida por el almirante Merino el 10 de agosto: “Se ha descubierto una célula mirista infiltrada entre los suboficiales y clases de los buques. Me dice que han sido arrestados y que se encuentran a disposición del fiscal correspondiente. Se manifiesta muy preocupado por esta situación” (Prats, 1985, 459).

En Valparaíso, mientras continúan los arrestos, los detenidos sospechosos de haberse reunido con dirigentes políticos son enviados a Talcahuano, donde los espera un equipo principal de torturadores. El fiscal de la Armada Víctor Villegas explica que el traslado se hizo “para ganar tiempo, para poder agarrar bien el hilo” [E] Villegas, 2002.

    Dos vuelos a los centros de torturas

Al mediodía del viernes 10, S.  y Juan Roldán son transportados del cuartel Silva Palma a la base aérea del El Belloto. Allí, siempre custodiados, los suben a un avión con destino al aeropuerto Carriel Sur de Concepción. Una vez que el avión se posa en tierra, es rodeado por un destacamento de unos 30 ó 40 infantes de marina fuertemente armados. En ese instante, S. escucha un interesante altercado entre los guardias del avión, cuya misión es entregar a los prisioneros al juez naval, y los infantes de marina, que vienen a llevárselos ilegalmente al fuerte Borgoño. El forcejeo que sigue es quizás el primer debate en Chile entre militares que aún acatan la ley y otros que han dejado de hacerlo. Los que rodean el avión se imponen y los arrebatan, los arrojan a un camión y allí comienzan a golpearlos.

Una vez llegados al fuerte los torturan infantes de marina cuyas caras destempladas sugieren que han sido drogados; “recibimos una sarta más o menos, pateaduras y cuestiones…” afirma Roldán, con modestia. Los detenidos son desnudados, colgados y sumergidos en tarros con excrementos; les lanzan agua helada y les hacen simulacros de fusilamiento, golpeándolos constantemente. Luego son separados y colocados cada uno en un saco de dormir, donde los patean; de vez en cuando los hacen salir para continuar con las preguntas. A Juan Roldán lo amenazan con traer a su mujer – hospitalizada en Talcahuano – si no dá nombres.

A S.  le piden que identifique la casa de San Pedro donde se efectuó la reunión el domingo anterior y el nombre del otro marino que había viajado con él de Santiago. Creyendo que Alberto Salazar no ha sido identificado, Fuentes responde que no sabe. En esos momentos uno de los interrogadores arroja un papel al suelo. Fuentes lo rocoje y lo lee “Alberto Salazar”. Responde que lo conoce pero que no vino a la reunión. “Si vino” le gritan, y le dan otra golpiza…Salazar en esos momentos ya está siendo interrogado en el Borgoño…A continuación le muestran una centena de fotografías de militantes de MIR de Concepción, para que identifique a los que asistieron a la reunión, lo que indica que los servicios  de la marina espiaban metódicamente a los militantes de izquierda. Allí figuran varios conocidos, incluso algunos que no militan. La mejor defensa en ese caso, para evitar la tortura, es reponder algo: “Se parece a éste, pero sin lentes. Sí, pero con el pelo más largo” y bautiza como “Lucho” al militante que se reunió con él. sabe que tendrá que recordarse de ese nombre en los próximos interrogatorios [E] Roldán 2003.

Al atardecer, en Valparaíso, preparan al segundo grupo. Jaime Salazar es sacado de su encierro en el cuartel Silva Palma, con el grito:”¡Agarra todas tus cosas y nos vamos!”…Al salir lo hacen descender una escalera, sin venda, lo cual le premite reconocer a algunos de sus custodios.

Los prisioneros son embarcados en un camión celular cerrado, “como esos de la carne” explica Lagos. Ahí Salazar se encuentra con prácticamente todos los que siete días antes se habían reunido con Altamirano…”hasta ahí yo creía que era uno de los pocos presos ¡pero me dí cuenta de que estábamos todos presos!” exclama. Cárdenas sube al camión en un estado deplorable, “venía irreconocible, machucado, venía con un brazo colgando”. El vehículo se detiene en El Belloto, al lado de un avión muy vigilado…no saben dónde van; “pensábamos que nos iban a eliminar o nos iban a tirar al mar”, recuerda Salazar [E] Salazar,2003.

Al aterrizar en Carriel Sur, los detenidos entran en un territorio al margen de la ley de la agonizante República y en poder de la futura dictadura que se inicia en lugares como el fuerte Borgoño. El avión es rodeado por una compañía de infantes de marina ubicada en jeeps y armada de metralletas. Hasta entonces Carvajal no había sido golpeado. La situación cambia desde que se habren las puertas, los apuntan con los fusiles y los sacan “a culatazo limpio”… los amontonan en un camión “como sacos de papas”, recuerdan Carvajal y Lagos, unos encima de los otros, y los infantes de marina ser sientan sobre ellos. Cerca de la medianoche llegan al fuerte Borgoño, los sacan violentamente del camión y les exigen desnudarse mientras los golpean a destajo. Carvajal viste aún el uniforme de salida con el que fue detenido.

Los torturadores les preguntan quiénes se habían reunido con Altamirano, todo en medio de una lluvia de golpes que no permite pensar. Luego los llevan junto a un grupo de oficiales, entre los que está el capitán Luis Kohler Herrera, más tarde sabrán que los otros oficiales son Pacheco y Jaeger. Allí los vuelven a interrogar sobre la reunión en Santiago, y la organización, ahora con la ayuda de una grabadora [E] Salazar,2003. Incluso en esas condiciones, Kohler pronuncia una arenga sobre las irregularidades del gobierno…Chile Hoy 64, 31-8-73

Los torturadores exigen nombres. A Carvajal le piden que describa la reunión con Altamirano, en la cual no estuvo. Como responde que no asistió, lo consideran “un duro” y arrecian las torturas. Junto con los otros es arrojado desnudo al agua y luego a un charco de barro espeso donde les sumergen la cabeza mientras los golpean “¡vai a contar o no vai a contar!”. A varios les revientan los tímpanos y hasta hoy arrastran problemas auditivos.

Enseguida son atados de pies y manos y colgados de las piernas de un árbol o de una viga, colocando abajo el consabido tonel de agua y orinas. Cuando los torturadores no reciben las respuestas deseadas, el prisionero es sumergido hasta perder el conocimiento. Las preguntas son formuladas por el capitán Kohler, quien en función de las respuestas, decide de la continuación de las torturas, que se prolongan hasta el amanecer. Al día siguiente, Carvajal es conducido a una oficina, donde interroga Kohler. Vuelve a ser golpeado. Los oídos le sangran y una otitis lo hace sufrir horriblemente…A Pedro lagos le preguntan si a través de la comunicaciones iba a dirigir el ataque con misiles y si iban a utilizar las baterías de 6 pulgadas, las de 5 o las de 3,5. Cuando reconoce que estaba a cargo de las comunicaciones, lo golpean horriblemente, “casi me matan”. Le exigen las claves. Responde que estaban apuntadas en eun papel de cigarrillos que se tragó. Se empecinan con él, pues creen que tiene la información de cómo se daría el combate y con cuánta gente contaban. Le preguntan por primera vez acerca de los planes de bombardeo; “ ¿Cuáles eran los planes? ” ¿Cuál iba  a ser su puesto?”. Los torturadores estaban enardecidos: uno de los oficiales decidió que había mancillado su bota con sangre y excrementos, obligándolo a la lamerla y a comerlos  mientras los otros continuaban golpeándolo.

Más tarde hacen tarde hacen pasar a los marinos en punta y codo por un charco de barro con cascajos de acero que se entierran en el cuerpo. Pedro Lagos conserva varias cicatrices de las torturas y la pérdida del 50% de su capacidad auditiva [E] lagos 2001.

En una etapa de las torturas, los detenidos son obligados a bailar una “cueca”, cuyos versos son: “abajo el Mir”, “muera Miguel Enríquez”, terminados con contundentes groserías  Chile Hoy 63, 24-8-73.

Jaime Salazar recuerda que después de la tortura los tiran en una barraca, donde intentan dormir. Al día siguiente los hacen ducharse, lo que les permite observarse mutuamente y constatar, horrorizados, el estado en que se encuentran. Los llevan luego al gimnasio de la base, donde se encuentran con S.  y Juan Roldán, y los van llamando a declarar a la Fiscalía, muy próxima al muelle donde está el Huascar.

Las declaraciones legales están a cargo del fiscal Fernando Jiménez Larraín, quien en un tono altanero – reduerda Carvajal – amenaza con torturas: “O me cuentas la verdad o yo te mando a los cosacos nuevamente” [E] Carvajal, 2003. Aunque los cuerpos y rostros de los marinos están horriblemente hinchados, el fiscal finge no verlos. Su objetivo es dar un valor jurídico a las “confesiones” arrancadas bajo torturas. Los interroga uno por uno, con frecuencia delante de los torturadores que están ahí para confirmar; el capitán Kohler verifica la correspondencia entre las “confesiones” bajo tortura y lo dicho ante el fiscal. A menudo va a la sala vecina, probablemente para escuchar las grabaciones de los interrogatorios Chile Hoy 63, 24-8-73. Cuando el cabo Juan Arestey se niega a repetir lo que había dicho a los torturadores, vuelven a torturarlo en presencia del fiscal.

Los prisioneros quedan en los camarines del estadio de la base a la espera de careos. Las preguntas son las mismas que hacían los torturadores: el movimiento preparaba un alzamiento, no contra el golpe, sino contra el gobierno, o sea son culpables de participar en una suerte de autogolpe con Altamirano, Enríquez y Garretón a la cabeza [E] Matus, 2003. Pocos días más tarde, el semanario del Mir denuncia a un capitán Acuña que “en presencia del fiscal Fernando Jiménez, profería amenazas si los detenidos se apartaban una línea de sus declaraciones hechas bajo tortura (El Rebelde, 27-8-73).

*  Extracto del Libro, Los que dijeron “ NO “, Editorial LOM, del Historiador Jorge Magasich  Tomo II, 143-148.