Jaque al Amor

 

Historias transparentes

 

A modo de presentación

Este nuevo libro de Manuel Ramos Martínez, compatriota avecindado en Austria hace unos 40 años luego del Golpe Militar en Chile, es, además de un prolífero poeta, un gran contador de historias que goza de una característica singular; y es que sus textos poseen gran sabiduría entre líneas, que nos recuerdan, de alguna manera, a las antiguas fábulas griegas.

En Jaque al amor nos presenta el autor ocho narraciones breves y un poema que se encuentra al final de este libro donde plasma a la humanidad con certeros versos; escritos que, como ya nos tiene él acostumbrados, se desarrollan de manera transparente, clara y sin mayores pretensiones. Las historias que desarrolla son creíbles y, tal vez, algunas de ellas autobiográficas, que conmueven no sólo por su simpleza, sino también, y tal como señalé más arriba, por lo que en realidad nos desean comunicar; ese trasfondo humano lleno de sentido y de sentimientos que, sin duda, nos acercan a Manuel y a su corazón. Son textos que de alguna manera logran ponernos frente a un espejo para revisar el reflejo de aquello que mostramos u ocultamos.

El tema de la discriminación está desarrollado en varios de los cuentos; y cabe destacar frente a esto, que el autor no refleja en sus palabras ni resentimiento, ni odio o alguna aflicción que denote recelo; no se detiene en el hecho sino que avanza, deja atrás el dolor y lo supera continuando por el camino del amor a la vida. Están, también, temáticas como la ecología, el racismo, el ego, la perseverancia, la amistad y, obviamente, el amor. Espero que disfruten.

 

Jaque al amor

Después de largos meses de navegación, Roberto volvió a recorrer las empinadas y pintorescas calles del puerto de Valparaíso. Sus cerros lo invitaban a ese hechizo de vivir suspendido entre el cielo y el mar. Como era tímido no se atrevió a entablar ninguna conversación, de manera que transitó lento y solitario por callejas y senderos evitando acercamiento alguno. Cuando niño -recordó- al menos tenía a su fantasma imaginario para conversar; pero ahora sería absurdo volver a revivirlo. Ya tenía más de 30 años.

Contempló, sin embargo, animoso, el paisaje. El mar se metía entre los cerros y las esquinas daban a la ciudad un aliento vital y hermoso. Pese a la pobreza que se advertía a través de las casas que se cuelgan como lámparas de las laderas, Roberto pensaba que eran hermosas y mantenía la esperanza de ese mundo más justo del que hablaban algunos.

Cuando el sol comenzó su habitual hundimiento en el horizonte, la ciudad alegró el atardecer con el nacimiento de sus luces, fue el minuto elegido para iniciar el descenso de esas faldas repletas de escondrijos y escalinatas. Éstas eran las horas en que despertaban los burdeles que se llenaban de marineros borrachos y mujeres marchitas. No estaba seguro si esta vez iría a algún antro de esos. Se sentía más solo que nunca y, por lo mismo, con demasiado desgano.

 

Necesitaba beber y comer algo así que ingresó al restaurante que le pareció más hogareño, a ver si el ambiente lograba entrar en su apenado espíritu. Su luz era tenue pero alegre; saludó con cortesía y una joven dama se le acercó con lo que a él le parecieron dulces palabras: ¡Buenas tardes!, ¿qué se sirve, joven?

Eran la primera sonrisa y palabras amables que escuchaba después de la larga navegación; de manera que se sintió muy estimulado. Le pidió una copa de vino, y, venciendo su timidez, agregó: ¡gracias por brindarme tan dulce voz, señorita! Ella sonrió alagada y se alejó. De inmediato se dispuso a observar a las demás personas de su entorno percatándose que a muy pocos metros se encontraban un señor de edad indefinible que miraba profundamente concentrado un tablero de ajedrez, y frente a él, su adversaria, una mujer de unos ojos negros maravillosos que observaban a su oponente con gran ternura. -Debe ser su hija- pensó.

Recordó de inmediato que antes de arribar al puerto, el oficial de guardia lo había invitado a jugar un partido de ajedrez, lo que le sorprendió bastante ya que jamás un oficial compartía con un marinero, ni menos, jugaba un partido de ajedrez. Al minuto de iniciado el juego se percató de que lo único que su superior quería, era sonsacarle sus ideas sobre las nuevas medidas del gobierno del presidente Salvador Allende y, particularmente, acerca de la escuela nacional unificada. Fue prepotente; Roberto se sintió observado con detención y desprecio.

– ¡A mí me parece excelente, mi capitán! -Le exclamó con toda franqueza y argumentó con transparencia sus ideas al respecto- La escuela nacional unificada es un gran proyecto, un gran acierto, pues todos los seres humanos, sin diferencia alguna, debieran tener la misma posibilidad de estudiar donde lo deseen. No deben ser las condiciones económicas las que determinen estos derechos; todos debemos poseer acceso a la salud y a la educación por igual. Los derechos deben empezar antes del nacimiento de una criatura.

– ¡Sus ideas son marxistas marinero, seguro que usted es militante comunista! -Gritó furioso el capitán.

– No, no soy comunista mi capitán; si de algo soy militante, es de la vida, y estoy completamente seguro de que esa escuela es una medida justa, creo que este país y todos los países debieran dejar de ser clasistas.

Naturalmente, esta respuesta desconcertó al oficial. La conversación no continuó y un silencio de muertos reinó en el instante. El capitán le ganó dos veces consecutivas, y en el tercer partido, recién iniciado, se puso de pie y echando chispas de enojo lanzó el rey sobre el tablero y le dijo indignado: ¡cómo va poder estudiar usted en la escuela de oficiales, si con suerte, puede jugar al ludo!

Roberto se llevó las manos a su rostro desechando definitivamente la idea de continuar ocupando su cerebro en recordar un hecho tan desagradable. De soslayo, mientras bebía de a sorbos el vino, comenzó a revisar cada una de las jugadas de sus vecinos llenándose poquito a poco de un entusiasmo que fue creciendo a tal punto que, cuando la bella señorita tomó la torre para moverla, cometió el grave error de decirle en voz alta: ¡No, esa pieza no, señorita, juegue con el alfil!

Ambos contrincantes se volvieron hacia él mirándolo con reproche. El hombre le dijo alterado -¡su jugada es perfecta, pero jamás debe hacer esto en una partida de ajedrez!

Apartó lleno de vergüenza sus ojos del tablero, les pidió disculpas por su falta y de inmediato llamó a la camarera para solicitar la cuenta. Quería huir y esconderse en la oscuridad de la noche; pero en ese preciso instante el hombre se puso de pie diciéndole amablemente -por favor no se vaya, lo invito a jugar conmigo.

Sorprendido y exigido por la falta cometida, aceptó con gusto la cordial invitación.

Jugaron un partido, y a pesar de ser el perdedor, sintió alegría pues había logrado mantener bastante tiempo el juego; más aún cuando se enteró de que el hombre con el cual estaba compartiendo, era el famoso maestro Letelier. Finalizado el encuentro, el hombre le dijo -usted tiene mucho talento; sí, mucho- insistió mientras le estrechaba su mano. Seguido de ello le presentó a su acompañante, quien, efectivamente, era su hija.

-Sabe usted- prosiguió el maestro- mañana sábado se inicia el campeonato local de ajedrez en el “Club Reina Negra”, que es el que yo presido, me gustaría que asistiera; jóvenes como usted debieran ganar experiencia-. Dicho esto, estiró su mano y le entregó su tarjeta de presentación y una invitación.

– Muchas gracias, señor, disculpe una vez más mi error, es que estaba tan inspirado y la señorita jugaba tan bien, que me pareció injusto que perdiera esa jugada -le repitió con honestidad sus disculpas.

– No se disculpe tanto, joven, ¿cómo se llama usted?

– Roberto.

-Ya todo ha pasado Roberto, son situaciones que hay que reflexionar para que se conviertan en experiencias- le contestó, comprensivo.

-Gracias por el consejo, maestro- y mirando los bellos ojos negros de la chica, dijo, despidiéndose- ¡Ha sido un gran placer conocerlos, hasta mañana!

Durante todo el camino hacia la bahía no dejó de acompañarle en ningún instante la hermosa imagen de Miriam, así se llamaba la joven; sus ojos de mirada profunda, su delicada voz y el elogio inesperado de, nada más ni nada menos, que del maestro Letelier. De manera que estaba seguro que la jornada del día que se venía, sería memorable.

Con unas ansias de enamorado por primera vez, caminó la tarde siguiente rumbo al “Club Reina Negra”, pero al ingreso a éste, su sorpresa fue mayúscula pues con la primera persona que se encontró fue el capitán del buque, quien al verlo no pudo ocultar su malestar y se lo manifestó plenamente en su terrible mirada haciéndolo sentir extraño, ajeno, muy lejano. Sus ojos escrutadores eran en extremo desagradables, tanto, que no los podía soportar. Felizmente en ese preciso instante entraba el maestro Letelier acompañado de su hija; ambos lo saludaron afectuosamente, seguido de lo cual, el hombre, diri giéndose al oficial, dijo: hola capitán Vivar, este joven se llama Roberto y tiene mucho talento.

Luego de esta escena algo incómoda para el marinero, Miriam se acercó al capitán y lo besó tiernamente en su mejilla. Roberto sintió una desilusión inexplicable, pues, a pesar de que nada más había cruzado con ella algunas palabras el día anterior, y visto tan sólo por un instante sus bellos ojos negros, sintió un tormento de celos inconcebibles. Me ha ganado tres partidas de ajedrez, me ha humillado y ahora me arrebata a mi bella desconocida -pensó frustrado, mientras intentaba reponerse de la sonrisa burlona que le dirigió el oficial mientras le ofrecía el brazo a la bella joven-.

-¡Veremos!- escuchó en tono burlón al capitán, quien al tiempo que se acariciaba airoso de vanidad sus bigotillos cuidadosamente recortados, lo invitó a jugar.

Roberto se sentó observando cómo se inclinaba sobre ella y depositaba un beso en sus lozanas mejillas, como dando con ello, iniciado el partido; y, desde ese instante no existió otro pensamiento más que el tablero de ajedrez y su dignidad. Jugó como jamás se hubiese atrevido a imaginar, cada una de sus movidas eran una muestra de maestría admirable que hacían cambiar, lentamente, de semblante al oficial Vivar.

 

El humilde marinero lo venció tres veces consecutivas y con numeroso público a su alrededor; lo que hizo que el capitán se pusiese de pie encendido de vergüenza; luego, despidiéndose con fingida amabilidad y creyendo que las demás personas no lo notaban, se acercó al oído de Roberto y le dijo -nos veremos en el buque, marinero.

Miriam, quien había seguido el juego, se aproximó a Roberto y lo felicitó sonriente, recalcando que había vencido a un gran adversario; seguido de lo cual, le preguntó por qué estaba tan nervioso. ¿Conoces al Capitán Vivar, Roberto?

-Sí, Miriam, lo conozco; navegamos en el mismo buque.

– Eso explica tu nerviosismo, figúrate, le has ganado a tu Capitán.

– Me temo que vas a enfadarte, pero debo decirte que lo nervioso que estaba era por los inmensos celos que sentí cuando él besó tus mejillas.

-Pero Roberto, ¡si nosotros apenas nos hemos visto!

-Lo sé… eso mismo que has dicho me lo he repetido todo este momento.

-En todo caso no es mi novio, ni mi pretendiente. Él es mi tío.

-No sabes lo feliz que me hacen tus palabras, aunque estoy algo avergonzado, ¿aceptarías mi invitación a caminar un rato?

-Claro, ¿por qué no? Salgamos de este encierro; y la noche está tibia.

Las calles estaban casi vacías y la brisa del mar se les pegaba a la piel casi como una caricia. Caminaron un rato en silencio; hasta que Roberto, motivado por conocer mucho más a la joven, quebró este silencio.

– ¿Qué haces Miriam?

– Soy artista…

-¿Y has pintado al amor?

-Siempre pinto al amor.

-¿Y qué es el amor?

-El amor es todo.

-Pero el odio no puede ser amor.

-Pero se necesitan; si existe el odio, existe el amor. La guerra y la paz, el invierno necesita del verano, lo oscuro y cálido de esta noche posibilita la luz de un nuevo día.

– ¿Y este humilde marinero, podría tener la posibilidad de escucharte a la luz del día?

Ella rió por lo original de la invitación.

-Bueno, te esperaré mañana y te mostraré mis pinturas, estoy exponiendo en la galería Arte. Perdona Roberto, pero ya debo volver, no debo dejar solo a mi padre.

-¿Y tu mamá?

– Falleció hace muy poco tiempo- respondió con tristeza.

-Lo siento, Miriam, me imagino lo difícil que debe ser perder a la madre.

– Sí, mi papá no se ha recuperado; así que mi deber es acompañarlo, nos hemos quedado solos.

– ¿Y el capitán Vivar?

– Él no pasa mucho con nosotros. Está mucho tiempo embarcado, y cuando viene, se la pasa horas discutiendo con mi papá sobre la situación política. Es que Vivar no desea que el país experimente cambios, por ejemplo, esta mañana lo escuché que no está de acuerdo con la nacionalización de las empresas y mucho menos, con el proyecto ENU, ¿lo conoces?; la escuela nacional unificada. Mi tío es tan cuadrado que piensa que todos aquellos que sustentan una posición distinta a la de él, son comunistas o extremistas.

 

Es evidente que existe un boicot económico político y social de parte de los grandes empresarios y terratenientes apoyados por los intereses de las potencias capitalistas, es obvio que ellos no desean que los países se independicen económicamente, sino que desean seguir explotando nuestras riquezas a costa de la miseria de tantos y el enriquecimiento de los sectores sociales más pudientes; y por supuesto, las fuerzas armadas no están ajenas a este boicot, más aún, las fuerzas armadas han afianzado históricamente el poder de los explotadores.

– Es admirable… ¿cómo sabes tanto?

– Es que estoy acostumbrada a escuchar este lenguaje. Mi papá es un hombre con conciencia social, él dice que sólo los cambios políticos que se experimenten terminarán con tantas injusticias.

– Y yo que me sentía tan ajeno a esta realidad. Tú sabes que los soldados no tenemos derecho a voto y se nos prohíbe participar en todo acontecimiento político. Participamos sólo para reprimir las manifestaciones por los derechos a mejor vida, como si nosotros no fuéramos ciudadanos.

– ¡Pero tú sabes, Roberto!, tú sabes mucho de la vida; yo puedo hablar sobre los océanos, pero tú has navegado sobre sus aguas; yo puedo hablar de puertos e islas lejanas, pero tú las has visitado, has caminado sobre su tierra, las has tocado, las has olido. Disculpa Roberto, se hace tarde, tengo que dejarte, mi padre debe estar preocupado por mi ausencia.

-¡Adiós Miriam, hasta mañana! Ha sido bello estar junto a ti -le dijo besándola con dulzura sus mejillas.

-¡Adiós Roberto! nos vemos mañana a las diez en la galería Arte.

El marinero caminó pletórico de alegría por la solitaria costanera hasta llegar al buque, y repetíase una y otra vez lo hermosa que es Miriam, sintiéndose lleno de ella y esperando el nuevo día para volver a verla. Esa noche cerró sus párpados pronunciando su nombre.

Mientras tanto, Miriam sentía la satisfacción de haber caminado y conversado un rato con Roberto. Le era agradable que la cortejara, aunque pensaba que era demasiado pronto como para hablar de amor; sin embargo, sentía algo extraño en su corazón aquella noche. Era como el preludio del amor.

Al día siguiente un cielo inmensamente Azul y un sol luciente los despertó a ambos y los llevó a la cita. Roberto, galante saludó:

-¡Buenos días, Miriam! qué hermosa mañana dominical y cómo ilumina el sol tu hermoso cuerpo.

– ¡Hola Roberto, buenos días!, cierto, el día es maravilloso… pero si tú eres un poeta, hombre. ¡Un adulador!…

-No, no soy poeta, lo que sucede es que tú eres una poesía. Una bella poesía- respondió no sin cierto pudor. Se desconocía a sí mismo. Él fue siempre un hombre tímido.

-Gracias, pero ven, entra, mira estos cuadros, son poesías silenciosas de luz y perspectivas que detienen el tiempo. No sé si te gusten…

-Son bellísimos… y pareciera que hablaran en voz alta.

-¡Gracias Roberto! es que todo habla en nuestra vida, todo se manifiesta. Lo que sucede es que muchas veces no lo percibimos- Miriam, hablaba con pasión.

Caminaron lento concentrados en los colores y matices que estaban reflejados en el trabajo de la bella joven. De cuando en cuando, sus miradas se quedaban amarradas, expresando más allá de sí mismas, igual que las telas.

-Miriam- se atrevió a hablar el marino- yo quisiera que este momento no terminara jamás, me has regalado tantos sentimientos, tanta sensibilidad. Lo único que me entristece es que luego zarparemos y arribaremos nuevamente a puerto el próximo mes. Quisiera, si puedes y quieres, que estos días que me quedan en tierra, pudiésemos pasear y conversar… así tendría yo con qué soñar en altamar. Perdona mi egoísmo…

– No te preocupes, Roberto, está bien. Yo también deseo pasear junto a ti.

El joven se inclinó sobre ella y lleno de emoción le acarició el pelo negro azabache, puso su mirada en los ojos brillantes de Miriam y le besó tiernamente sus labios; diciéndole: te quiero. Ella se puso colorada; y contestó a media voz: yo también te quiero.

A Roberto le divertía ir a buscarla allí. Observaba cómo pintaba hábilmente sobre las telas las puestas de sol con el rojo derramado, los ramos de flores rebosantes, la tormenta y la calma de los mares y los besos de amantes clandestinos. Con interés notaba con qué facilidad nacían de entre sus manos las imágenes y silenciosamente las admiraba. Al terminar el trabajo en el taller de pintura se iban caminando tomados de la mano por la larga y solitaria costanera. Día tras día se repetía el circuito hasta aquel en que debían separarse por un tiempo, ya que Roberto debía regresar a la mar. Esa tarde, el joven le propuso matrimonio a Miriam. –Cuando arribe a puerto nuevamente, podemos planificar nuestro casamiento; claro, si estás de acuerdo…

Ello lo miró sorprendida buscando las palabras justas para explicarle lo prematuro de este noviazgo.

-Me estás mirando como si te hubiese secuestrado, mi amor.

-No sabes lo dichosa que estoy, pero considero que es demasiado rápido para contraer matrimonio- respondió por fin- creo que no nos conocemos lo suficiente, siento que te quiero, pero necesito estar segura de ese paso.

-Tú sabes que te quiero mi amor y eso es lo fundamental para unir nuestras vidas; pero yo no puedo implorarte que te cases conmigo…

-Roberto, yo no he dicho que no desee casarme contigo, sólo pienso que es demasiado prematuro.

-Miriam, nací en el desierto árido del Norte, me cubrió siempre su cielo amplio e inmensamente azul, pero no conocía el mar y mi sueño era navegar por sus aguas, capear los temporales, deleitarme con su calma; y lo he logrado. Los seres humanos debemos experimentar para conocer de verdad. Sólo casados, creo yo, podemos realmente conocernos en la verdadera dimensión; aunque jamás será en todos los sentidos. Ni siquiera nos conocemos a nosotros mismos. Por eso te digo, tuve que salir a navegar para saber de temporales y de calmas. Imagina que luego de un tiempo, tendríamos un niño o una niña como aquellos que están jugando entre los árboles ahora…. ¿acaso no te gustaría?

-Sí… sería hermoso, pero bueno, cuando regreses hablaremos de nuestro futuro.

-Así será, querida.

Los jóvenes continuaron su caminata abrazados. Quedaban pocas horas para la separación.

Jamás se hubiese imaginado Roberto que a bordo de la nave lo esperaba el capitán, quien con la misma arrogancia de siempre, mandó a que lo detuviesen sin miramientos; lo acusó, junto a otros marineros, de alta traición a la patria y lo entregó a un grupo de oficiales de infantería de marina, quienes a golpes de puños, puntapiés y culatazos, lo llevaron a un centro de tortura.

-Tú no mereces llevar este uniforme- le dijo un oficial sacándole a tirones la escarapela y le gritó -¡tú has traicionado a la patria, eres un extremista!

-No, yo no soy extremista, respondió él como pudo.

-Eso es lo que eres, un extremista de mierda, así que empieza a contar ¿cómo se llama tu jefe?, ¡contesta mierda!

– ¡No tengo jefe!

– ¿Así que te mandas solo, estúpido?; mira, ¿ves?, aquí tenemos toda la estructura piramidal de tu partido, así que empieza a nombrar weones…

Y más golpes, y más golpes interminables…

-Así que el desgraciado embarazó a Miriam… Me acabo de enterar anoche. Por tu cara deduzco que no tenías idea…

-Miriam… un hijo… -dijo en voz baja- ¡A ella no la tocan!- gritó con toda su alma.

– Empieza a nombra a tus compinches, entonces, weón, si no deseas que te toquemos a tu Miriam.

-Yo no tengo jefe, criminales -les dijo con furia-y recibió un golpe inmenso sobre su rostro. Lanzó un grito desgarrador y cayó rudamente sobre el suelo.

¿Cuánto tiempo habría pasado? ¿Una hora, un año, un siglo? No lo sabía. Parecía que estaba hundido sin piel en la sal, Un dolor inmenso le invadía hasta el fondo de los huesos y tan sólo el recuerdo de su amada lo mantenía vivo. Su ropa interior estaba hecha girones, su carne mostraba las huellas de las culatas de fusiles; los golpes lo habían convertido en un muñeco grotesco y trágico. Roberto fue brutalmente torturado y encarcelado antes de enviarlo a un campo de concentración.

Los días habían pasado y Miriam se había enterado del infortunio de su amado. Sumida en lágrimas, esa mañana preguntó a su padre si tenía noticias de Roberto.

– Está en la cárcel, hija. Vivar me ha llamado y me ha dicho que ha tenido el gran gusto de detenerlo por extremista, siento decirte que está prisionero en la cárcel.

Al oír esas palabras, la joven rompió a llorar, no entendiendo que su propio tío hubiese sido capaz de hacerle tanto daño. -¡Quiero ir donde Roberto!- gritó- no puedo aguardar más esta espera- y salió corriendo por las calles pese a que su padre le insistía que tuviese calma. Con fatiga llegó a la cárcel, un edificio lúgubre y siniestro; decidida, se acercó al guardián.

-¡Quiero ver a Roberto Rivas!- Suplicó con firmeza.

-¿Y usted, quién es?

-Soy Miriam, sobrina del capitán Vivar.

-Espere un momento.

Mientras esperaba, Miriam cayó en cuenta de que no llevaba nada para su amado, ni una fruta, ni un pan… había salido abruptamente de su casa sin pensar en nada más que en verlo. Pero no dejó que la tristeza la embargara, pues cayó en cuenta que lo que sí tenía para él, era su amor y a un hijo en sus entrañas.

-Escuche -le dijo violentamente el guardia-sólo tiene 10 minutos de visita.

Al verlo tras los barrotes sintió un dolor inmenso, pero se sobrepuso por él y por su bebé. Sus heridas estaban a la vista.

-¡Ay dios mío!, ¡cómo te han dejado estos criminales!

-Tranquila corazón, tu presencia es mi cura. ¿Es cierto que estamos esperando un bebé?

-Sí- respondió mirándolo con los ojos llenos.

-No sé si deba pedirte que me esperes…. Quién sabe el tiempo que me tendrán acá…

-Vamos a esperarte, amor, no te preocupes. Cuando salgas, ambos estaremos afuera del edificio aguardando por ti. Tampoco he olvidado que si es mujer, le pondremos Paz… como querías…

Tras cuatro años de prisión en un campo de concentración pudo Roberto abrazar, por fin, a Paz y su hermosa Miriam, quien siempre esperó por él. Ahora viven en el corazón de Europa y cuando en la bella Viena, las noches invernales se cubren de blanco, se sientan frente a la chimenea y juegan un partido.

 

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