En el crucero Latorre

Crucero Latorre adquirido para la Armada de Chile bajo el gobierno de Allende. Construcción 1958, bajo el nombre de Göta Lejon al servicio de la Marina Sueca

 

Las detenciones en el crucero Latorre*

El lunes 6 en la maňana, el segundo comandante del crucero Latorre (Blaset dice que fue el comandante Carlos Fanta, pero la relación con el personal es generalmente tarea del segundo. Ibarra afirma que fue el segundo comandante) llama a todos a la toldilla (la parte de atrás de la cubierta) para informar que se ha descubierto un grupo de “terroristas” infiltrados: el sargento Cárdenas del Blanco ha sido detenido – dice -, pero hay otros, y sabe que a bordo hay un grupo de marineros involucrados en acciones sediciosas que él no va a aceptar. Todos van a ser enjuiciados. Quienes hubiesen tenido comportamientos de ese tipo que se acerquen a su camarote a conversar con él, voluntariamente, para evitar problemas ( [E] Blaset, Ibarra, Salazar, 2003). Por supuesto que nadie se entrega. Los marinos de cubierta (Salazar, Ibarra y otros) consiguen conversar rápidamente y deciden reunirse fuera del buque para evaluar los daňos a la organización y reestructurarla (Salazar, 2003).

El cabo Pedro Blaset es conducido por un teniente frente al (¿segundo?) comandante, quien le exige que confiese sus acciones sediciosas. Blaset responde que sólo ha intentado responder a la hostilidad de los oficiales contra el gobierno del presidente Allende y que está dispuesto a defender la Constitución y las leyes.-“No es eso lo que quiero que confiese”, replica el oficial, “quiero que usted me diga qué es lo que está haciendo para hacer un golpe de Estado”. El marino arguye que defiende al gobierno constitucionalmente legítimo. El oficial se indigna, cambia de tono y lo amenaza con torturas: “ Si no confiesas vas a recibir un trato frente al cual yo no voy a poder hacer nada y lo vas a pasar muy mal […] te insisto, tú vas a ser muy maltratado”. Blaset responde: “ Yo estoy dispuesto a enfrentar las consecuencias”. Un grupo de infantes de marina lo desembarca ([E] Blaset, 2003), al tiempo que detienen a José Lagos ([E] Ibarra, 2003).

A Blaset lo hacen recostarse en el molo, le amarran las manos y le vendan los ojos, explicándole que es el procedimiento y le piden calma. Parten con destino desconocido, pero durante el trayecto, se escurre la venda y logra reconocer el fuerte Vergara y un lugar donde había estado en entrenamiento. Ahí lo desnudan y alcanza a ver que lo conducen al campo de entrenamiento de combate de los infantes. Desde el medio día hasta la noche será torturado: lo cuelgan, y en esa posición lo golpean constantemente, para luego introducirlo en tambores llenos de orines y excrementos; cuando se desvanece lo despiertan con chorros de agua y continúan los golpes, pidiéndole nombres de otros miembros del grupo y quieren saber si había asistido a las reuniones con Enríquez y Altamirano. Por la noche lo llevan al cuartel Silva Palma, a la celdilla de incomunicados, donde están José Lagos y Sebastián Ibarra ([E] Blaset, 2003).

El cabo Pedro Blaset es el segundo interrogado por el fiscal Bilbao. Reconoce la reunión del domingo con Carlos Díaz (Roberto). Al igual que Cárdenas, acepta “pertenecer al grupo en el Latorre para tomar el control del buque en caso de que la oficialidad tratase de llevar a cabo un golpe de Estado” (Causa 3926, foja 5). Blaset permanecerá aproximadamente una semana incomunicado. No tiene derecho al menor aseo personal y siente que los alimentos continen antiinflamatorios. Días depués, Bilbao le repite las preguntas. Blaset responde que nada de lo que ha declarado ahí es válido, pue lo había hecho bajo torturas. “Yo todavía tenía inflamada la cara y no podía caminar bien”, recuerda. Pero Bilbao  pregunta irónicamente: “ ¿De qué tortura me habla? ” y aňade:        “ ¿Así que sigues rebelde? ”. Y lo vuelve a enviar incomunicado. Lo vuelven a interrogar y se obstinan: “ Cuéntanos cómo van y hacer el golpe”. El cabo responde: “Aquí los golpistas son Uds.”: “ son Uds. los que tienen que escribir ahí, no yo” ([E] Blaset, 2003).

Bilbao* interroga a José lagos, quien también acepta formar parte del grupo organizado del Latorre ( Causa 3926,foja 6 ).

Mientras tanto, a bordo del Latorre, atiborrado de sacos de papas, muy por sobre lo normal ([E] Ayala, 2000), Ibarra y Salazar ven salir detenidos a Blaset y a J. Lagos. Durante todo ese largo lunes 6, se preguntan sobre lo que deben hacer. Cuando llega la ansiada hora de salida, a las 16 horas, el portalón se abre, parten a cambiarse, pero hacia las 16.10 escuchan la orden “portalón cerrado”, lo que significa que continúan recluidos a bordo. Lo mismo ocurre en los otros buques anclados en Valparaíso. Hacia las 17 horas llaman por los parlantes a los marinos de cubierta que habían participado en reuniones: Araneda, Ayala, Claros, Dotte, Ibarra, López, Salazar y Valderrama. Otros cuatro miembros de es grupo escapan a la detención. Los nombrados son llevados por separado a camarotes de oficiales, y luego a retirar sus pertenencias: El comandante Fanta   – reticente a dar el golpe – interroga a Ibarra: “¿Por qué hicieron esto? ¿Por qué no me vienen a hablar?”, y agrega que “se pueden conversar estas cosas”. No obstante, les exige que le entreguen toda la información, y ante el silencio, entrega los detenidos a los buzos tácticos.

Al anochecer del lunes, los detenidos del Latorre , amarrados y con la vista vendada, salen en una camioneta que hace un trayecto extraño: antes de llegar al Silva Palma pasa por otro lugar, probablemente el fuerte Vergara –intuye Ibarra- donde es posible que el recinto de torturas estuviera aún ocupado por el grupo que tortura al sargento Cárdenas. En el Silva Palma los introducen a un dormitorio. Allí hay entre 30 y 40 personas sobre literas, con guardia al interior y prohibición estricta de hablar entre ellos ([E] Ibarra,2003). Claros y Valderrama son los últimos en llegar esa noche.

Para otros detenidos, como Ayala, los interrogatorios comienzan esa misma noche. Allí son sacudidos, golpeados, amenazados de ser enviados donde los infantes de marina, pero aún no son torturados científicamente. Las preguntas revelan que los interrogadores tienen “el cuadro bien claro ya. No había información que sacar”. Como Ayala era encargado de la sala de armas, lo investigan minuciosamente. “Afortunadamente no faltaba nada”, recuerda ([E] Ayala, 2000).

Nadie les comunica el motivo de la detención. Los encierran en celdas individuales, con los barrotes tapiados y un “cosaco” que custodia cada puerta. Luis Ayala y David Valderrama permanecen unos quince días encerrados en una cueva subterránea, cavada en el cerro, húmeda y totalmente oscura, sellada con una puerta metálica. Pueden salir al baño sólo una vez al día, en la mañana. Como los marinos ignoran lo que los interrogadores conocen del grupo, continúan negando todo hasta que otros compañeros  consiguen hacerles llegar el mensaje de que pueden reconocer ciertas cosas ( [E] Ayala, 2000, Ibarra, 2003, Salazar, 2003, Valderrama, 2002).

La situación es diferente para Sebastián Ibarra, quien la noche del martes 7 es llevado al fuerte Vergara junto a José Araneda, el que había delatado al grupo. Aunque van vendados Ibarra se da cuenta de que están en el fuerte Vergara, donde los desnudan. Aún tres décadas más tarde , opta por detener su relato ahí. Lo que sigue fue simplemente terrible: “Prefiero no hablar de eso: hay tortura ¿ya? Durante 8 ó 10 horas”.

A diferencia de los torturadores de Talcahuano, que se presentan a rostro descubierto, los de Viña del Mar se ocultan. Sus víctimas conservan en todo momento la vista vendada. Sin embargo, escuchan las voces de otros detenidos y de los interrogadores e Ibarra reconoce la del teniente Jorge Muratto. Lo que más impresiona es que golpean y torturan horriblemente, pese a que ya tienen toda la información. Los interrogadores saben quién ha asistido a las reuniones con dirigentes políticos en Valparaíso y Santiago, aunque no tienen la lista completa de los marinos que han participado en ellas. Le pregunta a Ibarra si asistió a la reunión con el “Mayoneso”, apodo displicente con que la derecha se refiere a Carlos Altamirano.

“ A mí me preguntaron por ‘Mayoneso’ -¿Qué Mayoneso?…’Mayoneso, cómo no vai a conocer al loco Altamirano’ –No, les dije, tengo un contingente que se llama Altamirano, pero no le dicen Mayoneso.- ‘Huevón…’ Eso es parte de la anécdota, digamos”.

Al mismo tiempo, Ibarra cree escuchar, aunque sin poder ver, el interrogatorio al que es sometido José Araneda, quien es tratado aparentemente de la misma manera, aunque sin seguridad, “yo no lo ví”, insiste Ibarra. Al día siguiente los llevan de regreso al cuartel Silva Palma. Allí, José Velásquez, escucha a Araneda mofarsecruelmente de las reacciones de un colega durante la tortura ([E] velásquez, 2003).

Poco más tarde llevan a los detenidos a la Academia de Guerra. Allí deben declarar ante el fiscal Bilbao, mientras su secretario, el teniente Benavides, desenfunda su pistola, se pasea y juega con ella y los apunta a la cabeza ([E] Ibarra, 2003).

En resumen: en Viña del Mar torturan a Juan Cárdenas durante la noche del domingo 5 y todo el lunes 6; a Pedro Blaset y a José Lagos el lunes 6, desde el medio día. El martes 7, de noche, es el turno de Sebastián Ibarra y –quizá – de José Araneda, quién había comunicado a su superior la reunión del domingo 5. El conocimiento que los interrogadores tienen del grupo es bastante completo. En el cuartel Silva Palma, previsto para unos 20 detenidos, los marinos alcanzan un centenar. En los dormitorios agregan literas de a cuatro o de cinco([E] Valderrama, 2002).

* Extracto del Libro, Los que dijeron “ NO “, Editorial LOM, del Historiador Jorge Magasich Tomo II, 126 – 129