Los que dijeron “No”

Un episodio olvidado de nuestra historia reciente: el movimiento de los marinos antigolpistas del 73

 

Memoria
escrito por Danny Monsalvez Araneda
lunes, 01 de septiembre de 2008
Comentario al libro del  historiador Jorge Magasich Airola: “Los que dijeron No. Historia del movimiento de los marinos antigolpistas de 1973”, que fue presentado por su autor recientemente en la Universidad de Concepción.

Prof. Danny Gonzalo Monsálvez Araneda·

El martes 12 de agosto de 2008, tuve el privilegio personal y académico de presentar en la Universidad de Concepción al historiador chileno radicado en Bélgica, Doctor en Historia por la Universidad Libre de Bruselas y académico del Institut des Hautes Etudes des Communications Sociales (Bruselas), Jorge Magasich Airola, y su último trabajo intitulado “Los que dijeron No. Historia del movimiento de los marinos antigolpistas de 1973”.

A manera de presentación del trabajo de Magasich Airola, ¿qué podemos decir y comentar? Desde el punto de vista formal (más allá de la introducción y conclusiones) en sus más de 800 páginas distribuidas en VII capítulos y en dos volúmenes editados por Lom Ediciones, hay un profundo e interesantísimo trabajo de fuentes y bibliografía, como la revisión de los procesos judiciales, prensa de la época y las entrevistas (historia oral) a los protagonistas directos (uniformados y civiles) de los hechos.

Pero además de aquello, el trabajo de Jorge Magasich, nos lleva a analizar e introducirnos en la historia más reciente de nuestro país. En ese contexto, durante muchos años, gran parte de la población, y en forma especial las nuevas generaciones se fueron formando bajo el alero de lo que algunos denominaron “la historia y memoria oficial de Chile de los últimos años”. Donde estos dos componentes, memoria e historia, convergían en un solo pensamiento, el de carácter oficial e institucional. Nos estamos refiriendo a lo que comenzó a (re) escribirse tras el Golpe de Estado de 1973.

La idea postgolpe de Estado fue buscar y elaborar un constructo histórico que tuviera como objetivo, demostrar a la ciudadanía y al mundo, las condiciones de anormalidad institucional en que nos encontrábamos, lo cual serviría entre otras cosas para dar un aura de legitimidad a la intervención de los militares. Así, podemos encontrar una serie de publicaciones, reportajes y noticias en la prensa de la época. Instituyéndose en la obra más gruesa que compiló todos los planes siniestros de la Unidad Popular el apócrifo “Libro Blanco del Cambio de Gobierno en Chile”. Texto que vino a constituirse como señala María Angélica Illanes en, “un texto caótico sobre la Unidad Popular sirve de base o constituye la narración misma del mito del caos que se ha construido respecto de dicha experiencia política social. La Unidad Popular como “caos” ha sido una de las claves ideológicas que han buscado ahondar el trauma de sus memorias y al que los discursos políticos autoritarios acuden reiteradamente” (Illanes, 2000, p. 180).

El Libro Blanco es sin duda el mayor esfuerzo publicitario-propagandístico desarrollado desde las esferas del poder en los meses posteriores al golpe. A este se sumaron con el tiempo algunas  “memorias” de los protagonistas de lo que ellos denominaron “la gesta del 11 de septiembre de 1973”. (Véase, Pinochet, Merino, Carvajal, Huidobro, Huerta). Todas fuertemente marcadas por un halo de redención patriótica de las Fuerzas Armadas y del 11 de septiembre.

Lo que se concibió fue una campaña propagandista, que levantó una serie de mitos y leyendas en torno al gobierno de la Unidad Popular y a la figura de Salvador Allende. Así, nos encontramos por ejemplo con los más de 15 mil extranjeros, terroristas y guerrilleros en nuestro territorio, la creación de un Ejército o Fuerzas Armadas paralelas y la elaboración de un famoso y exterminador “Plan Z”, con la idea de llevar a cabo un autogolpe  al mejor estilo comunista.

Sin embargo, “los porfiados hechos” fueron desmintiendo y desmitificando aquellas verdades absolutas que se habían maniobrado intencionadamente desde las esferas del poder en torno a la Unidad Popular. Ya no eran los 15 mil terroristas o guerrilleros que había en el país y el siniestro “Plan Z” no pasaba más allá de la compilación de una serie de documentos, apoyados por la buena imaginación de algún o algunos prohombres del período.

Es precisamente en este contexto histórico que situamos el profuso trabajo del historiador Jorge Magasich, al prospectar uno de los puntos controversiales de aquellos años denominado en su época como la subversión, sublevación o infiltración en la marinería. Acontecimiento acaecido los meses de junio, julio y agosto de 1973 en los puertos de Valparaíso y Talcahuano y que afectó en su mayoría a personal vinculado a la Armada.

Aquella situación significó que a estos hombres, les cayera un manto de estigmatización oprobiosa, por una parte, por ser cómplices de la infiltración marxista en las filas de la institución, y por otra, por planificar una subversión al interior de la Armada; situación  que se mantuvo por largos años en la memoria colectiva de un sector importante de la población, no así en la de los protagonistas directos de aquellos hechos.

Estos marinos, a pesar de sus duras experiencias (torturas, flagelaciones, exilio) han logrado conservar en sus memorias aquellos episodios y desde un tiempo a esta parte han logrado fragmentar “la sentencia histórica” que en algún momento quiso teñir su accionar. Afortunadamente, sus testimonios, sus recuerdos, hoy nos permiten aproximarnos con mayores elementos de juicio al contexto histórico que confluyó en aquel hecho, y analizar con una diversidad mayor de fuentes las acciones que se desarrollaron y las consecuencias e implicancias que esto significó para los diferentes actores involucrados en dicho acontecimiento.

A lo señalado anteriormente podemos agregar lo siguiente. Avanzado el año 1973 era evidente el descontento de un importante número de uniformados con el gobierno de la Unidad Popular. En aquel ambiente algunos hombres de la Armada como José Toribio Merino, Patricio Carvajal, Sergio Huidobro e Ismael Huerta estaban convencidos que la única salida a la grave crisis institucional, provocada por la actuación irresponsable de los partidos de la Unidad Popular era una intervención militar. El descontento en la Armada y en forma especial de la mayoría del alto mando institucional, encabezado por el Almirante Merino con el gobierno de la Unidad Popular se venía generado desde el momento mismo del triunfo de Salvador Allende. Sin embargo, no todo el personal de la institución compartía y se cuadraba tras la opinión lapidaria de Merino, Carvajal y otros almirantes. Con motivo de la elección del 4 de septiembre de 1970 se había producido una notoria diferencia de opiniones ante dicha elección. Por una parte se encontraba la oficialidad proclive al candidato derechista Jorge Alessandrí y por otro lado la suboficialidad de tendencia centro-izquierda simpatizante de la candidatura de Salvador Allende y de Radomiro Tomic. Así se pudo constatar que cuando el candidato Alessandrí se iba imponiendo en los cómputos, se apreció a todos los oficiales contemplando los resultados, pero cuando la votación comenzó a revertirse a favor de Salvador Allende los televisores empiezan a apagarse, y los rostros comienzan a cambiar, apareciendo un seño más fruncido, en una clara muestra de descontento y enfado. Mientras tanto algunos jóvenes marinos exclamaban ¡Viva el compañero Allende!. En otras palabras la coyuntura 1970 había exteriorizado un evidente conflicto de clases entre la oficialidad y el personal de tropa (Vol. I, p. 279).

Después de un buen primer año de gobierno, con índices económicos muy alentadores y con un respaldo ciudadano mayoritario obtenido en las elecciones municipales de abril de 1971; el año 1972 aparecen los problemas, situación que llegó a su punto más crítico con el paro de camioneros en octubre de ese año. Por aquellos agitados días, un grupo de civiles, opositores al régimen estableció contactos con el Almirante José Toribio Merino con el propósito de plantearle la posibilidad ante la grave crisis que se estaba viviendo de una intervención militar; a lo cual Merino respondió que no era factible, principalmente porque a esas alturas no se contaba con ningún plan y programa a realizar de producirse el derrocamiento del gobierno. Sin embargo, producto de este acercamiento va a surgir la idea de estructurar un plan económico que posteriormente sería conocido como el “Ladrillo”; base económica del gobierno de Pinochet.

Algunos de los hombres que tuvieron participación en aquella medida fueron el ex capital de navío Roberto Kelly, su amigo el sociólogo Emilio Sanfuentes Vergara, vinculado al mundo empresarial, gremialista y cercano a algunos marinos y los economistas Sergio de Castro, Pablo Barahona y Álvaro Bardón. Paralelamente a aquellos movimientos, el ex dirigente nacionalista Roberto Thieme y su movimiento el Frente Nacionalista Patria y Libertad, iniciaron toda “una campaña de  sabotaje para cortar suministros de energía, viaductos, puentes, para paralizar el país y crear las condiciones objetivas de un golpe de Estado…yo mismo hablé con un comandante que era la mano derecha del Almirante Merino que nos pide éste trabajo y lo hacemos en conjunto”.

El mismo Thieme, agrega que él como dirigente del Frente de Operaciones de Patria y Libertad estaba a cargo de producir el sabotaje en la electricidad, caminos y combustibles, cortando flujos de cargas o mercancías a través de atentados contra ferrocarriles o puentes. Por ejemplo post Tanquetazo “fue contactado por la Marina, por dos comandantes que trabajan con el almirante José Toribio Merino. En una reunión en Vitacura me dijeron…queremos informarle que a partir del 25 de julio se va a producir un nuevo paro del transporte. Nosotros vamos a apoyar ese paro y queremos que usted, con su gente, nos den un apoyo logístico para paralizar el país…empezamos con la noche de las mangueras largas, que significó la falta de abastecimiento de casi todas las bombas de servicio.

Después continuamos con los oleoductos ¿Alguien puede creer que nosotros sabíamos por donde venían  los tubos desde Concepción a Santiago? ¡No, pues! Los marinos nos decían: en Curico, en el kilómetro tanto pasa el tubo…en definitiva Patria y Libertad puso la mano de obra y ellos la ingeniería y la logística” (El Mercurio, 2 de septiembre de 2003, p. C 4). En consecuencia, “…todas estas acciones eran dirigidas y organizadas por oficiales superiores de la Armada de Chile que estaban complotando contra Allende”.

Será -entonces- en la coyuntura noviembre de 1972, cuando las aguas al interior de la Armada comenzaron a agitarse de manera mas fuerte, tanto para aquello oficiales que exteriorizaban su rechazo a la Unidad Popular, como de aquel personal de tropa identificado con Allende, el gobierno y que ven ante si como se comienza a fraguar la intentona golpista (Vol. I, capítulo IV).

Así desde el año 1972 y en distintas unidades navales, la tropa percibe cómo la oficialidad prepara  el  golpe  de  Estado. Los marinos, en su mayoría  allendista,  responden  organizando  grupos  antigolpistas  en  casi  todas  las  unidades de la Armada. Resueltos a defender el gobierno de Allende y a resguardar la legalidad, esto grupos de marinos y operarios de Valparaíso y Talcahuano establecen contactos con los partidos de izquierda e informan de la conjura en marcha. A comienzos de 1973 organizan una reunión de coordinación para oponerse al golpe y, al mismo tiempo reflexionan sobre la democratización de la Marina. Esta reunión se efectúa en el restaurante “Los Pingüinos” y ahí surge el debate entre los “anticipacionistas” y los “reaccionistas”. Al respecto Magasich Airola nos dice “El encuentro toma la forma de una cena de camaradería entre marinos, de un “patache”. Van de civil y se organizan para llegar de uno a la vez. La fecha de la reunión no pudo ser establecida con precisión, pero se efectúa en los últimos días de febrero o los primeros de marzo de 1973.

Los recuerdos de los participantes son similares pero no idénticos. Es seguro que discuten sobre la cuestión esencial de cómo oponerse al golpe: reaccionando cuando se produzca o anticipándose para evitarlo. El debate se personifica entre Víctor López y Julio Gajardo por una parte, y Juan Cárdenas por la otra”. Mas adelante agrega, “La reunión de los Pingüinos será la única reunión ampliada de marinos antigolpistas donde se juntan buena parte de los grupos, aunque no todos; faltan algunos grupos de las escuelas de especialidades y de Asmar. Los grupos no se dan una estructura ni organización, simplemente ahora tienen conciencia de formar parte de un movimiento” (Vol. I, pp. 402 a 405).

En julio de 1973, los marinos comprenden que serán forzados a participar en el golpe. ¿Qué hacer?  Los grupos de la Escuadra esbozan un plan de ocupación preventiva de los buques para sustraerlos al golpe. Luego un grupo de ellos organizan las célebres reuniones con el jefe del MAPU Oscar Guillermo Carretón y con los jefes del PS Carlos Altamirano y del MIR Miguel Enríquez (Vol. II, pp. 83 a 108). Entre julio y agosto los servicios de inteligencia naval detectan estas acciones y comienza  una ola de detenciones tanto en Valparaíso como en Talcahuano, al mismo tiempo la apertura del proceso contra los marinos y los dirigentes políticos. Pese a las denuncias de tortura abrumadoras, los partidos de derecha las descalifican como “presuntas”, la Armada las niega y el gobierno de la Unidad Popular expresa su preocupación antes estos hechos.(Vol. II, capítulo VI)

Pero el movimiento de los marinos antigolpistas no se reduce sólo a aquello, a su accionar se agregan algunas demandas, por ejemplo: “La misma alimentación para todos (rancho único); Supresión del uniforme y de los saludos militares obligatorios fuera del trabajo; Absoluta libertad de lectura y regulación de los allanamientos a los cajones individuales; Participación de la tropa en la evaluación del personal; facilidades para proseguir estudios dentro o fuera de la marina; fin del maltrato y de los castigos absurdos; Derecho de asociación y de sindicalización; Derecho a voto, Fusión de la Escuela Naval y de la Escuela de Grumetes en una Escuela náutica, donde los mejores calificados accedan al mando (escalafón único) (Vol. II, p. 387).

Otro de los puntos significativos a los cuales el autor hace referencia es a la mentada “infiltración” de la izquierda en la marina; al respecto Magasich señala que “De las cuatro acepciones que la Real Academia da al termino “infiltrar”, las dos que se aproximan a nuestro tema son: “Infundir en el animo, ideas, nociones, doctrinas” e “introducirse en un partido, corporación, medio social, etc., con el propósito de espionaje, propaganda o sabotaje”.

No se conoce ningún caso de alguien que haya ingresado a la Marina con tales objetivos. Los marinos antigolpistas se inscribieron en la Escuela de Grumetes, adolescentes, con la finalidad -menos espectacular- de adquirir una profesión y un empleo.

La idea fundamental de los marinos antigolpistas era que la Armada debía ceñirse a la Ley y hacerla respetar; una idea difícilmente asimilable a doctrinas foráneas inducidas por infiltrados. En un sentido estricto, fueron más bien los partidarios de “deponer” al gobierno los que debieron introducir en la Armada sus posturas golpistas” (Vol. II, p. 393).

Estos y otros episodios podemos encontrar en la obra de Jorge Magasich y tal como lo señala el autor en las primeras y últimas páginas del texto, su objetivo es “Hacer entrar el movimiento de los marinos antigolpistas en la Historia es el primer objetivo de este trabajo. Pese a ser un episodio fundamental del período, es poco conocido y no ha sido objeto de investigaciones de largo aliento, tal vez a causa de su posible impacto sobre la actualidad”. (Vol. I, p. 17).

“Así la gesta de los que dijeron “No” en 1973, arriesgando todo, motivados por una sociedad más social y democrática y por la sumisión de los militares a la Constitución y la Ley, podrá ser una referencia mayor para organizar instituciones armadas ciudadanas, que aparten definitivamente toda deriva golpista”. (Vol. II, p. 409).

·       Profesor de Historia y Geografía y Magíster en Historia por la Universidad de Concepción. Académico de Historia de Chile Contemporánea en el Departamento de Ciencias Históricas y Sociales, Universidad de Concepción. E-mail: monsá lvez@gmail.com.Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesitas tener Javascript activado para poder verla

Concepción, agosto de 2008.-

 

La Nación

 

Domingo 6 de abril de 2008
Por Jorge Escalante
Una obra magistral del historiador Jorge Magasich Airola
La revolución de la Escuadra de 1973
En dos tomos y más de 800 páginas editadas por Lom, el autor desmitifica los clichés acuñados por la Armada de entonces respecto del movimiento de la marinería leal a Allende, que para adelantarse y frenar el golpe de Estado quiso tomarse los barcos, arrestar a sus oficiales a punta de pistola y bombardear los cuarteles de tierra que se resistieran a su acción.

 

“Por la chucha, iñor’, si hubiese un oficial entre nosotros, ¿cree usted que íbamos a andar hueveando aquí en Santiago con ustedes?!”.

Esa fue la frase explosiva con que el Perro Roldán, cabo de uno de los barcos de la Escuadra, respondió al secretario general del Partido Socialista, Carlos Altamirano, la noche del viernes 3 de agosto de 1973 en una casa-quinta de Puente Alto.

Altamirano quería saber si en el movimiento y los planes que esa noche un grupo de marinos de la Escuadra venían a contarle a él y al secretario general del MIR, Miguel Enríquez, para adelantarse al golpe de Estado que la Marina tenía listo para el 8 de agosto de ese año, había algún oficial de la Armada involucrado.

El asunto para el comité marinero era claro: tenían información de primera fuente de que un puñado de almirantes y capitanes de navío, entre ellos Arturo Troncoso Daroch, Ismael Huerta, Patricio Carvajal y Hugo Castro (el mismo que pidió a Patria y Libertad volar puentes, oleoductos y torres de alta tensión para apurar el golpe, ofreciendo los explosivos necesarios) tenía el golpe listo para derrocar a Allende. La Marina actuaría sola, obligando al Ejército y al resto de las Fuerzas Armadas a plegarse sobre hechos consumados.

Su comandante en jefe, el almirante Raúl Montero, leal a Allende, poco importaba. Ellos tenían a casi todo el cuerpo de almirantes y oficiales de menor graduación alineados con la asonada.

Los más de cien marineros antigolpistas que también estaban coordinados y cuyo único suboficial era Juan Cárdenas Villablanca, presente esa noche en la reunión integrando el comité de siete miembros que los representaba, explicaron su plan.

Para adelantarse al golpe se tomarían los barcos de la Escuadra, arrestarían a punta de pistola a los oficiales encerrándolos en los camarotes y prepararían las baterías para bombardear los cuarteles de Valparaíso y Talcahuano que se opusieran desde tierra a su acción.

Sólo pedían que los partidos de la Unidad Popular y el MIR los apoyaran desde tierra con su fuerza militante y las armas con que contaran, para asegurar el éxito de sus operaciones.

Se presentaron como “constitucionalistas leales al Gobierno de Allende legalmente constituido” y declarados antiderechistas, orientación que por esos meses imperaba entre la oficialidad de la Armada, que repartía odiosas proclamas anticomunistas en las reparticiones navales para promover el golpe en la institución.

Días antes, el comité se reunió en Valparaíso con el secretario general del MAPU, Óscar Guillermo Garretón, para plantear lo mismo.

Entre los coordinados de tierra dispuestos a parar el golpe estaba también un grupo de trabajadores de los astilleros de la Armada en Talcahuano, que mantenía estrecho contacto con “Rafael”, el estudiante de economía y militante del MIR José Goñi, actual ministro de Defensa.

Ni Altamirano ni Garretón creyeron en los planes expuestos por el comité de marinos. Sí lo hizo Miguel Enríquez. Los dos primeros no se comprometieron a nada, sólo a contarle a Allende. El MIR de Enríquez armó rápidamente estrechos lazos con el comité y prometió entregarle las armas cortas que esa noche, en la reunión, el grupo de siete marinos liderado por Cárdenas requirió para arrestar a los oficiales.

LAS “DOS ALMAS” DE LA UP

El país estaba convulsionado y el golpe militar se palpitaba, pero los comunistas y Allende no apoyaron el plan. El PC y el Presidente formaban parte hacía ya tiempo de una de las dos almas de la UP: la de “no a la guerra civil”, que buscaba ampliar la base social de apoyo dialogando con la DC, estaba dispuesta a modificar el programa de gobierno y a mantener el proceso revolucionario dentro de los marcos de la institucionalidad democrática para finalmente convocar a un plebiscito que probablemente se perdería por las mismas horas cercanas al 11 de septiembre de 1973.

Al frente estaba la otra alma, la de “avanzar sin transar” y “crear poder popular”. La integraban el Partido Socialista de Altamirano, el MAPU-Garretón (el MAPU ya se había dividido y la otra fracción la lideraba el actual senador PS Jaime Gazmuri, que junto al PC apoyaban las posturas de Allende) y la Izquierda Cristiana, además del MIR, que estaba fuera de la UP.

El destino de Chile estaba echado y no había vuelta atrás. Los marinos constitucionalistas tenían la máquina aceitada, aunque con muchas falencias producto de las condiciones. Pero el Servicio de Inteligencia Naval (SIN) los había descubierto y seguía sus pasos desde hacía varias semanas, sin todavía intervenir.

LA OBRA DE MAGASICH

Estas son algunas de las apasionantes cuestiones contenidas en los dos tomos (más de 800 páginas) del libro del historiador ex mapucista y mirista Jorge Magasich Airola. Exiliado y todavía residente en Bélgica, Magasich trabajó ocho años investigando esta página dramática de la historia de Chile, que fue su tesis doctoral en la Universidad Libre de Bruselas.

Contra todos los malos augurios que recibió Magasich por lo extenso de su publicación y lo complejo de la materia tratada, la editorial Lom decidió publicar la obra “sin cortar ni cambiar una sola línea”, como agradeció el autor la noche del 1 de abril pasado en la presentación.

Hurgó en documentos, archivos, prensa, entrevistó hasta al gato y leyó cuanto libro se le atravesó que le aportara información. Se paseó además por otros movimientos revolucionarios de la marinería, pasando por la llamada “Insurrección de la Escuadra” de 1931, cuando las tripulaciones se apoderaron de los barcos y los condujeron a la rada de Coquimbo.

La obra rescató cada detalle de cómo se fue conformando la red de marinos que intentó actuar adelantándose al golpe que se gestaba, con pasos acelerados a partir del fallido alzamiento militar del 29 de junio de 1973, conocido como el Tancazo.

El autor rearma de manera profunda y fina el clima político de los últimos meses de Allende y su bloque político, la UP, que al final estaba prácticamente quebrada.

Hizo lo propio con el ámbito de la oposición. Se sumergió en el asesinato del edecán naval de Allende, capitán Arturo Araya Peters, el 26 de julio de 1973, complot gestado entre civiles de ultraderecha y oficiales activos y en retiro de la Armada, para apurar el golpe de Estado.

El libro revela además el conflicto y las contradicciones al interior del Gobierno de Allende a partir del arresto de la red marinera que comenzó el domingo 5 de agosto de 1973 , y cuando se empezaron a conocer las brutales torturas cometidas en contra de los que se disponían a frenar el golpe a manos de la Infantería de Marina, en Viña del Mar y Talcahuano.

SENTENCIA ALTAMIRANO

“No me convenció que pudieran asumir el control de los barcos y el armamento, y no me quedó claro lo que podían hacer al amenazar con bombardear ellos primero. Al querer adelantarse al golpe de los almirantes, serían ellos quienes iban a quedar en calidad de sediciosos, aunque se proclamasen leales al Gobierno y defensores de la Constitución y las leyes. Porque era obvio que esos cinco o seis almirantes y contraalmirantes que denunciaban como complotadores iban a decir que todo era falso y que esta sedición de la marinería debía ser aplastada”.

Fue la sentencia que Altamirano le dio al autor en la entrevista, coincidente con la que fue su posición en aquel tiempo, distinta a lo que se conoció públicamente.

La investigación deja establecido de manera irrefutable que el movimiento de la marinería de 1973 fue autónomo de los partidos de la UP y el MIR aunque varios de sus integrantes sí simpatizaban con algunos de ellos , y desmiente con ello las acusaciones de la Armada de que fueron la izquierda y Allende quienes decidieron “infiltar” la institución con fines políticos.

De paso, la obra de Magasich echa por tierra “las falsedades”, como las califica el autor, de cómo tratan este y otros asuntos similares en sus “memorias” los almirantes José Toribio Merino, Ismael Huerta, Patricio Carvajal y Sergio Huidobro.

2 de Abril de 2008

Libro ”Los que dijeron no”

Donde manda capitán, puede haber un Golpe

Esta es la historia de un grupo de marinos dispuestos a defender la Constitución contra el alzamiento de los oficiales navales que fraguaron el 11 de septiembre del 73, y que la leyenda negra calificaría como parte del Plan Z. Torturados y vejados por sus propios compañeros, la investigación de Jorge Magasich recuerda a quienes osaron decir no, y se rebelaron dentro de una institución marcada por el clasismo.

Ana Rodríguez Silva

Un año antes del 11 de septiembre de 1973, las tropas de la marina ya sabían qué se tramaba al interior de las Fuerzas Armadas. Lo que comenzó como una fuerte crítica al gobierno de la Unidad Popular pronto adquirió otros ribetes. “De ser oposición pasan derechamente a llamar a la insurrección”, dice Jorge Magasich, historiador y autor de “Los que dijeron ‘No’. Historia del movimiento de los marinos antigolpistas de 1973”, libro que se acaba de lanzar por editorial LOM.

Fue en ese entonces cuando, preocupados, numerosos integrantes de la marina informaron a los partidos de izquierda lo que estaba sucediendo. Así toman contacto con grupos como el Mapu y el MIR, además del Partido Socialista, y les informan los planes que han formulado para evitar que el golpe de Estado se concrete.

El más ponderado de ellos implica tomarse los buques el día antes. Algo que a Óscar Garretón, secretario del Mapu, le pareció una locura. “Los marinos ven antes que la sociedad este golpe que se está gestando”, asegura Magasich, exiliado en Bélgica desde 1974, desde donde realizó esta investigación para doctorarse.

En 1973, cuando ya el Golpe era evidente, comenzaron las detenciones. Específicamente el 5 de agosto. A partir de esta fecha comienzan una serie de “primeras veces” en Chile, que se irán repitiendo con el transcurso de los hechos que se desencadenan con el golpe de Estado. Sin embargo, estos “pioneros” quedarán relegados como un episodio oculto y tergiversado de la historia de Chile.

La primera vez

“Por primera vez militantes de izquierda retiran de sus domicilios, con apresuramiento, toda documentación o libro revelador de sus ideas políticas (…) la fracción golpista de la Armada organiza y equipa los primeros grupos de torturadores (…) Nunca antes se había negado a los abogados el derecho a entrevistarse con sus defendidos y no se respeta el plazo de cinco días para presentar a un detenido ante un juez”, dice Magasich en su texto.

Lo que sigue es conocido por todos: el 11 de septiembre se concretó el Golpe y comenzó a circular la versión del “Plan Z”, una supuesta maquinación para eliminar a los altos mandos de las Fuerzas Armadas y en la que los marinos antigolpistas son parte fundamental. “La mayoría de la población cree la existencia de este plan y, con este pretexto, se justifica el golpe y se infunde el odio necesario para torturar y matar”, asegura Magasich.

La idea del “Plan Z” se oficializó a fines de octubre de 1973 con la publicación del “Libro Blanco del cambio de gobierno de Chile”, a cargo de la Secretaría General de Gobierno. En el texto se indica la “existencia de un complot para subvertir a la marinería, organizado por los altos dirigentes de la Unidad Popular. Consistía en capturar las naves asesinando a cuchillo a los oficiales, para luego bombardear el puerto e ‘imponer la dictadura del señor Allende’”, dice el autor en su texto.

El Libro Blanco “es la falsificación más trascendente de la historia de Chile”, dice Jorge Magasich sobre la publicación de la que se reconoció como redactor el historiador Gonzalo Vial Correa. Según Magasich, Vial Correa “aceptó un documento que le entregaron como cierto y no lo sometió al rigor histórico. Dio rango de política de gobierno de Allende al Plan Z”.

Las órdenes v/s la ley

Sin excepción, las marinas funcionan en espacios reducidos, como un buque. Y particularmente, la Armada chilena está estratificada en clases o castas desde que los jóvenes se inician en la carrera. La división entre Escuela Naval y Escuela de Grumetes es evidencia de esto y, según Magasich, “la prioridad es mantener este sistema”.

“Hay que tener apellido para entrar a la escuela naval, es muy difícil que entre un Pérez o un González”, dice Julio González, uno de los cabos denominados antigolpistas de la marina. Don Julio tiene una visión de la historia distinta a la que han contado, “porque uno fue parte de lo que sucedió”, pero sin embargo, no es capaz de referirse a su caso personal. Dice que ni con todas las palabras que se adorne un texto se podría llegar a expresar lo que vivió. “Porque una cosa es que te tomen preso, te detengan, te torturen. Pero otra es que te lo hagan tus propios compañeros”.

En 1973 González se encontraba en Inglaterra, perfeccionando sus conocimientos de técnico electricista, pero dos años después fue apresado por sus ideas antigolpistas. Las tropas de la marina están compuestas por técnicos especializados y eso para Magasich “pesa más que la instrucción militar”. Por lo mismo, en una institución conservadora, donde las “oficialidades son aristocráticas, oligárquicas, autoritarias”, el pequeño espacio se transforma en una especie de feudo donde “la tropa es un útil sin derecho a reclamar”, dice.

Para González, el propósito del movimiento que se dio “era respetar la Constitución de 1925, nada más. Sabíamos con el poder que contábamos y ese poder asusta, porque cuando se vuelve contra el pueblo es peligroso. Sabíamos que se podía generar una gran catástrofe en nuestro país”. Y asegura que no es memoria lo que le falta a Chile, “sino reconstruir el tejido social, un elemento que destruyó la dictadura y que marca a una sociedad tan fundamentalmente”.