Jaime Espinoza

Extracto  del libro autobiográfico del marinero Jaime Espinoza.  

”  El Deseo de Vivir “, año 2003

Estuve unos meses, en la Escuela de Ingeniería,  en la cual perdí el incentivo, al enterarme que mi futuro sería permanecer constantemente bajo cubierta; por esa razón decidí pedir el traslado al Centro de Telecomunicaciones Quinta Normal en Santiago, para posteriormente regresar a estudiar  electricidad.

En mi permanencia en esta base había una  difusión de panfletos subversivos y otros de apoyo al gobierno, los cuales circulaban entre su personal,  clandestinamente.  Llegaron  a mis oídos muchos rumores sobre un posible golpe de estado y era factible  una posible guerra civil;   yo escuchaba el descontento, el miedo y la curiosidad de saber qué iba a ocurrir, pero nadie se atrevía a decir o sugerir alguna manifestación.

Se empezó a crear en mí una gran preocupación,  la idea de que algún día llegara la orden de disparar y matar a otro chileno me atormentaba, algunas veces pensando me decía a mí mismo, yo no puedo hacerlo he sido entrenado para proteger mi gente y sin pensarlo, daría  mi vida por mi patria.

Durante este tiempo la preocupación y los rumores  de un golpe de estado, continuaban; empecé a planear una posible reunión donde todos pudiéramos hablar de nuestras inquietudes ya que nosotros éramos soldados chilenos, servidores de la patria y nuestra opinión también debía tener un valor; opté por preguntarle a toda persona que me encontraba en la base, si les gustaría asistir a una reunión  para discutir sobre la situación actual del país; la gran mayoría me contesto que sí , por lo tanto decidí y les comuniqué que la fecha sería el 2 de julio  a  las seis de la tarde,  en la cafetería de la base.

Al comenzar la reunión, me extrañó ver un suboficial, dos sargentos, cabos y marineros; todos teníamos la curiosidad de qué iba a ocurrir y cuál sería nuestra posición, además querían saber que se podía hacer; al comenzar la reunión, todo era un completo desorden éramos cerca de treinta personas hablando todos al mismo tiempo en pequeños grupos; no había quien la dirigiera; decidí tomar papel y lápiz,  me subí a una mesa y tomé la palabra diciendo:  “Su atención por favor, estamos todos reunidos por una misma razón, no sabemos si se aproxima un golpe de estado y cuál va  a ser nuestro proceder, si vamos a obedecer las órdenes o vamos a tratar de evitar una matanza entre chilenos”.

Se oyeron varias opiniones uno de ellos sugirió cercar la base y no permitir que nadie entrara o saliera; otro opinó llamar a la prensa para informarles sobre nuestra posición;  otro  sugirió que se realizara una guía de planteamiento, otro gritó traigamos al almirante Cabezas para informarle de nuestra posición. La reunión fue un completo desorden, ya que todo el mundo quería hablar al mismo tiempo y opinar, pero nadie quería escuchar; así fue como terminó, sin haber llegado a ningún acuerdo,  pero se aprobó realizar otra reunión.

A la una de la  madrugada del día siguiente, 3 de julio de 1973,  me encontraba durmiendo en mi cama cuando cuatro soldados me despertaron alumbrándome en la cara con dos potentes luces, encañonándome sentía lo helado de dos cañones de pistolas, una a cada lado de la frente de mi cabeza, me gritaron, ¡ no te muevas!, si te mueves, te volamos los sesos; después  de quitarme las cobijas  que cubrían mi cuerpo para  ver que estaba desarmado,  me ordenaron que me levantara lentamente y que colocara las manos sobre mi cabeza, de dos tirones me quitaron la camisa y el pantalón de la pijama, me dejaron ,con mis calzoncillos luego me esposaron  me pusieron una capucha en mi cabeza y  me llevaron a una sala a donde me sentaron,  Allí  me quitaron la capucha y  me dirigieron un potente foco de luz a mi cara, que me enceguecía y me impedía ver sus rostros, y lo que había a mi alrededor;  yo tiritaba del susto y del frío, era la primera vez en mi vida que me encontraba en una situación como ésta.

Inmediatamente comenzó el interrogatorio:

INTERROGADOR: ¿Cómo te llamas?.

JAIME:   Marinero segundo,   Jaime Espinoza.

INTERROGADOR:  ¿Sabes  por qué te trajeron a esta sala? .

JAIME:     No, no sé.

INTERROGADOR:   Ayer tú asististe a una reunión.

JAIME:     Si, Señor.

INTERROGADOR: Fue  una reunión subversiva.

JAIME: Sí, estuve en la reunión,   pero no era subversiva.

INTERROGADOR:  Entonces, ¿ qué objetivo tenía?.

JAIME: La verdad,  es que estamos todos medio asustados  por una posible guerra civil.

INTERROGADOR: ¿Quiénes estaban en la reunión?.

JAIME:     Personal de la base.

INTERROGADOR:   Dime los nombres de los que asistieron a la reunión

JAIME: Fue un grupo de personas, algunos de ellos nunca los había visto.

INTERROGADOR: Necesito nombres,  dame todos los nombres de las personas que asistieron.

JAIME: (Yo no quería comprometer a nadie y me quedé en silencio pensando). De pronto recibo un golpe que era un rodillazo al costado derecho que me hizo caer del asiento. En el piso me dieron un culatazo en mi espalda y dos patadas, e  inmediatamente me agarraron  y me  sentaron de nuevo en la silla.

INTERROGADOR: No tengo ningún problema en refrescarte la memoria.

Nuevamente, dame los nombres

JAIME: Con voz entrecortada respondí. Estaba el marinero Pérez, el marinero González y parte del personal.

INTERROGADOR:  ¿Quiénes son tus contactos  aquí y fuera de la base?.

JAIME:   No conozco ni he recibido órdenes de nadie.

INTERROGADOR:   Nuevamente y por última vez, quiero que me digas, ¿Quién citó y dirigió la reunión?.

JAIME: Yo cité a la reunión, pero nadie la dirigió.

INTERROGADOR: He interrogado a varios y todos me dijeron que tú eras el que dirigió la reunión.

JAIME: Ya le dije y no voy a inventar nombres. (Inmediatamente recibí en la cabeza sobre la oreja derecha el impacto de un culatazo, seguido de una serie de culatazos y patadas, por todo mi cuerpo; sentí algo caliente que me corría por el cuello; era la sangre que salía de la herida en mi cabeza).

INTERROGADOR: ¿Has tenido reuniones con políticos ?,  ¿ Conoces a  Carlos Altamirano ? (secretario general del Partido Socialista)?.

JAIME: No, no conozco a nadie ni nunca he tenido ninguna afiliación política,  ni he pertenecido a ningún partido.

INTERROGADOR: ¿Pero, por qué ellos dicen que te conocen?.

JAIME: No sé porque lo dicen,  yo no conozco a nadie. Mi única intención es evitar una matanza entre chilenos y una posible guerra civil.

INTERROGADOR: Tú, como soldado, no estás supuesto a pensar, sino a obedecer las órdenes de los superiores.

 

El interrogatorio duró toda la noche hasta la madrugada,  con intervalos de  5 a 10 minutos,  los que terminaban arrojándome un balde de agua fría, para continuar con el interrogatorio.

Al terminar, me pasaron el pantalón y la camisa, una vez vestido, me pusieron la capucha,  me agarraron de ambos brazos entre las axilas y me metieron a un camión, cerrado lo deduje por el sonido de las puertas sin saber yo a dónde me llevaban

Por mi mente comenzaron a pasar una serie de temores y preguntas sin respuestas.  Estaba atemorizado por mis pensamientos.  ¿Cuál sería mi destino?; ¿a dónde me llevarían?; ¿cuánto tiempo duraría mi detención?; ¿saldría vivo del sitio al que me llevaban ?;  ¿ qué delito había yo cometido para ser tratado como un criminal?.  Durante todo el tiempo que duró el viaje fue una constante tortura psicológica.

DETENIDO EN LA CARCEL DE LOS MARINOS, SILVA PALMA EN VALPARAISO

Después de un viaje que fue cerca de dos horas, pero que a mí me pareció una eternidad, al llegar siempre esposado y encapuchado me introdujeron a un cubículo de concreto de aproximadamente 1x 1 x 1 metros, que después de muchos años por mis compañeros de infortunio supe que le tenían un apodo era el submarino, usado para los castigos extremos.

Estaba tan asustado, que en mi cerebro pasaban toda clase de pensamientos,  nuevamente empezaba a atormentarme; ¿con quién me estaban confundiendo?;  ¿con quién me estaban asociando?;  con esas dudas y con los dolores que sentía en todo el cuerpo, por los golpes recibidos y por la incómoda posición en que me encontraba, sentía que el concreto se incrustaba en mis huesos; cambiando constantemente de posición pero siempre con las piernas y rodillas dobladas sin poder moverme, así permanecí todo el día hasta que oscureció; avanzada la noche me sacaron completamente tullido, por la posición fetal en que me encontraba; tuve que apoyarme con las manos en el piso, balancearme y agarrarme de la murallita de ese pequeño calabozo para sostenerme parado debido a que no podía caminar; al momento me encapucharon y me agarraron de los hombros.

Me llevaron a un cuarto, para continuar con los interrogatorios; nuevamente tenía los focos de luz potente en mi rostro que me enceguecían; con  los gritos, las groserías, los culatazos, las patadas y las amenazas,  me atemorizaban a tal extremo que a veces no hallaba que decir; me hicieron las mismas preguntas sobre nombres de personas totalmente desconocidas para mí, aparentemente contactos políticos o miembros  pertenecientes a grupos revolucionarios.  Los interrogatorios eran realizados por diferentes personas, a las que distinguía por su tono de voz, quienes me hacían las mismas preguntas en diferente forma, para hacerme caer en alguna mentira.

Al terminar el interrogatorio, sin obtener la información que ellos deseaban obtener, nuevamente fui encerrado en el “submarino”, donde permanecí hasta el día siguiente.  En ese lapso de tiempo que estuve detenido, muchas cosas pasaban por mi mente; me preguntaba sobre mi futuro incierto; la causa de mi detención; el tiempo que duraría preso; si saldría con vida y en qué condiciones; me hacía toda clase de preguntas, pero sin encontrarles una respuesta que  me pudiera satisfacer, que me tranquilizara, que me dejara dormir o descansar,  con el paso del tiempo aumentaban los dolores en mi cuerpo y mi incertidumbre se incrementaba cada vez más.

Durante mi encierro en el “submarino”, dos veces me sacaron por un período de cerca de treinta minutos para no tullirme;  la alimentación consistía en sándwichs; pan de molde con dos trocitos delgados de chancho, y un jarrito de agua. Para no enloquecerme y buscar la paz conmigo mismo, pensaba en los ratos agradables que había pasado con mis amigos, en los juegos y picardías que había vivido en mi niñez, y en los ratos agradables que había vivido con mi familia; momentos que  en esta situación  tenían un increíble valor, porque me permitían soportar el martirio que estaba viviendo,  siempre añorando  la libertad.

Después del segundo día de encierro en el “submarino”, durante el interrogatorio, reafirmé todo lo dicho el día anterior;  aparentemente perdieron un poco de interés al no conseguir la información que ellos querían; un interrogador me hablo al oído amenazándome, “vas a permanecer detenido en este centro de detención pero mucho cuidado con decirle a alguien acerca de lo ocurrido, porque te hacemos desaparecer”.

 

Las interrogaciones sufridas que me hacían eran similares a las de este orden:

INTERROGADOR: ¿Cuál es tu filiación política? .

JAIME: Señor,  yo no tengo ninguna filiación política.

INTERROGADOR: No mientas, hemos sabido que  perteneces al Partido Comunista.

(Esta vez recibí una fuerte patada en la canilla, la que sentí que me la habían partido)

JAIME: Le digo que  yo no soy comunista ni pertenezco a ningún grupo político.

INTERROGADOR: Tus compañeros ya hablaron y todos dijeron que eras un líder comunista, que seguías instrucciones de Carlos Altamirano.

JAIME: No conozco a ese señor, es la primera vez que lo oigo nombrar.

(Ahora  recibí un golpe de puño en el pecho que me hizo caer del asiento) .

INTERROGADOR: No te hagai el hueón, sabis que es el secretario del Partido Socialista.

JAIME: Señor,  le repito que no sé quién es,… no conozco a ese señor.

INTERROGADOR: Aclara de una vez por todas, algunos de tus compañeros dicen que  eres mirista y otros que eres comunista, pero todos están de acuerdo que eres un elemento peligroso, que estás alterando el orden público.

JAIME: No sé de qué compañeros usted me habla; mis únicos  compañeros son los marinos tanto en Punta Arenas como  aquí en Valparaíso

INTERROGADOR: Dame las direcciones donde hacías las reuniones

JAIME: No puedo darle ninguna dirección  yo no he dirigido ni asistido a ninguna reunión de carácter político.

INTERROGADOR: Ya,… pronto vamos a saber si estás diciendo la verdad.

En el calabozo, a veces solo, nos mirábamos con los compañeros de infortunio; existía el temor de hablar y de que hubiera un infiltrado entre nosotros tratando de conseguir información. Viviendo en esta situación se desconfía de todos.

Después de la primera semana se calmaron conmigo pero pude ver otros marinos que estaban corriendo la misma suerte mía y en peores condiciones,  a algunos los traían alzados por los brazos con su cabeza caída  hacia abajo, en esas condiciones los metían al “submarino”, yo sufría y  me dolía ver estas escenas; nunca, ni siquiera en mis  pesadillas, me imagine esta clase de maltrato, menos aún,  entre chilenos.

Parte de mi familia vive en el campo en un lugar llamado El Carmen de Codigua.   Son gente bonachona que le hacen honor a este dicho: “cuando viaja por Chile, y usted pide un vaso de leche, le dan la vaca”. Aprendí que entre chilenos éramos amigos y teníamos que ayudarnos, ese era mi concepto de ciudadano; esto que ahora estaba viviendo, era nuevo para mí; me costaba aceptarlo, pensaba que era un sueño, una pesadilla de la cual quería despertar, pero lamentablemente era una realidad.

Uno de los marinos recién llegado, difícilmente podía caminar, mi litera se encontraba por encima de su cama; cuando se sacó los zapatos me quedé mirándole sus pies; sin decir ninguna palabra, presintió que lo estaba mirando y  volteó la cabeza hacia arriba, me miró a los ojos, yo le hice un gesto de dolor  haciendo una mueca y arrugando los ojos,  él respondió diciéndome, “me cagaron los pies,  durante el interrogatorio uno de los verdugos sostenía un clavo con un alicate y me lo metía entre las uñas de los dedos de los pies”; yo me imaginaba el dolor que tiene que haber sentido, estaban rojos hinchados con líneas negras en el centro de las uñas.  Le respondí diciéndole, “ahora entiendo tu forma de caminar”; levantando su pie con las manos para mirar el daño más de cerca me dice  nos detuvieron anoche a mí y a otro amigo, no sé qué hicieron con él pues no era marino, se queda mirándome   y me pregunta,  ¿y a ti que te hicieron?, yo  viéndole las heridas causadas por la tortura, me inspiró confianza, y entonces me puse a  conversar con él. En voz baja le dije,  “a mí me trajeron de la Quinta Normal en  Santiago, no sabía de este lugar, dicen que es la cárcel de los marinos, a mí  me han sacado la chucha tres veces a puras patadas, culatazos, rodillazos y puñetes, todavía estoy adolorido, me están  acusando de sedición”; el muchacho que tenía el pelo negro crespo responde, yo estoy pagando los platos rotos por mi amigo, él es  simpatizante de la U.P. (Unidad Popular) y piensan que yo soy un infiltrado en la  Armada; seguimos conversando cuando se podía, después de unos días se  lo llevaron, jamás lo volví  a ver, fue un desaparecido más.

Al cabo de una semana me permitieron comunicarme con mi familia, pude informarles  a donde me  encontraba,  para no aumentar su preocupación, les informé que me encontraba bien.

Después de unos días la mayoría del tiempo lo pasaba afuera, se me permitió salir al patio y caminar por sus alrededores; pude apreciar que este centro de detención era como una pequeña fortaleza, estaba ubicado en una colina y tenía  una hermosa vista a la  bahía.  Aquí­ pasaba gran parte del día, a veces podíamos ver los nuevos  infortunados, unos se quedaban otros se los llevaban de vuelta, ¿a dónde?, nadie sabía, solamente podíamos imaginarlo, a algunos de ellos nunca los volvimos a ver .Comúnmente  prendían la radio para oír música y nunca  olvidaré la canción  llamada “Killing me softly with his song;”  en  ese año la tocaban 4 a 5 veces al día.

En mi permanencia en el Silva Palma, siempre supuse que lo más grave que me podía haber sucedido, es que me hubieran terminado con mi carrera en la Armada; nunca me imaginé los tormentos que sufriría en los próximos dos años en los campos de concentración.

En agosto de 1973  a cuatro marinos se nos  informó, por  medio del sargento de guardia, que debíamos prepararnos para presentarnos en la Fiscalía Militar de Valparaíso, fuimos acompañados por el sargento, caminando libremente por la calle y luego tomando un microbús, para llegar a nuestro destino.

Grande fue nuestra sorpresa cuando al llegar se nos informó que habíamos sido declarados reos comunes y que deberíamos ser trasladados a la cárcel pública de Valparaíso, inmediatamente los gendarmes nos encadenaron como si fuéramos  criminales, esposados de las manos y con cadenas que iban dentro del pantalón hasta los tobillos, con grillos a los pies, lo cual  nos permitía solamente dar pasos cortos.

Detenido en la cárcel de Valparaíso

Extracto del libro autobiográfico ” El Deseo de Vivir “. Año 2003

Mientras éramos trasladados en un camión cerrado, me sentía tan denigrado, tan humillado, tan incierto de lo que me ocurriría, todo lo cual aumentaba mi tormento.

Luego de un viaje de veinte minutos, llegamos a un edificio viejo de altas paredes,  al detenerse el vehículo procedimos a bajar lentamente era muy incómodo caminar con las cadenas, nos hicieron pasar al lugar de recepción para los admitidos o nuevos reos, terminado todo el procedimiento y después de darnos unas frazadas nos dirigieron al interior, pasamos unas rejas de metal viejas, descoloridas por los años y por las manos sucias que tantas veces las habían tocado pareciendo más que una pintura, era cúmulo  de grasa y de suciedad.

A mi lado caminaba  Julio Gajardo otro marino preso, también acusado de sedición, , juntos seguíamos al guardia; cuando  éste abrió las puertas del pabellón, sufrí una de las impresiones más fuertes de mi vida, mis ojos y mi boca se abrieron, se me cayó la mandíbula, nunca me imaginé que seres humanos pudieran vivir  en estas condiciones, era otro mundo, ni en mis pesadillas había soñado que algún día estaría visitando un lugar como éste, todo era completamente nuevo y traumatizante para mí.

Después de treinta años,  cuando volví a encontrarme con mi amigo Julio, en Nueva York, riéndose me decía; oye Lolo ,  nunca me voy a olvidar de la expresión de tu rostro cuando entramos al pabellón, sufriste un ataque de asombro y de pánico.

El gendarme que nos guiaba hacia el interior nos mostró las celdas a donde  deberíamos quedarnos, algunas de ellas sin cama o litera, solo un montón de basura y desperdicios, húmedas y malolientes, daban la apariencia de que las habían usado  más de una vez para orinar, el solo hecho de pensar que este lugar sería mi sitio de estadía, aumentaba mi  tormento.

Apenas tuve la oportunidad le envié una carta a mi padre informándole de mi  traslado a este recinto penitenciario, y que no entendía porqué, si ya no pertenecía a la Armada ¿cuál había sido mi delito? para estar en este lugar tan denigrante.

Con el pasar de los días, llegaron dos marinos conocidos del Silva Palma, inmediatamente procedí a saludarlos y darles “la bienvenida”, hablamos con un gendarme para conseguirles literas; limpiamos una celda en el tercer piso y nos instalamos los cuatro marineros, ahora nos sentíamos más protegidos.

Tenía yo 18 años,  y estaba en una cárcel de alta seguridad, era la primera vez que me veía preso; pude apreciar el poco respeto por la vida humana, convivir con el estrato más bajo, el lumpen de la sociedad, allí la vida no valía nada; en varias oportunidades pude observar que algunos detenidos heridos eran llevados al hospital, por haber participado en riñas por cosas banales; se vivía en una permanente tensión en la que cualquier problema o discusión, por pequeño  que fuera, terminaban en peleas, dando como resultado reclusos heridos o muertos.

Los más fuertes tenían otro prisionero de amante quien le servía de novia, le cocinaba y le realizaba todas las funciones de su señora, la que era muy cuidada, con ataques de celos que rayaban en la esquizofrenia.

Este es el bajo mundo que no se conoce, que se ve en ciertas películas que quieren mostrar el lumpen de la sociedad, uno piensa que es el mundo de unos desgraciados que son como la ralea humana; pero desgraciadamente sólo se vive cuando se está en él, o mejor, cuando se tiene la desgracia de caer en él; pero ¿ por qué caer tan bajo?; sólo por disentir de las creencias de unos oportunistas de turno, que amparados en un uniforme se creen los dueños del país y de sus habitantes, muchas veces coartando la libertad de opinión y de expresión, como si no viviéramos en un país libre y democrático, adonde había quedado olvidada la más mínima dignidad de una persona, ya que éramos tratados como animales con castigos físicos y psicológicos; no nos merecíamos ese trato no sólo como chilenos sino como seres humanos; ese era un ejemplo de la degradación a la cual puede llegar una persona; pero, ¿por qué?,; esta pregunta me la hacía muchas veces, era simplemente porque pensaban que yo era un elemento peligroso, infiltrado o estaba allí porque me oponía al golpe militar, donde mi posición  siempre fue de evitar una guerra entre ciudadanos, cuando en los interrogatorios trataba de decirlo no me creían y me callaban de un golpe, ya que siempre querían que yo dijera lo que ellos querían oír, aunque ello no fuera cierto, eran las “verdades voluntarias”.

Afortunadamente a la semana siguiente llegaron otros diez marinos; los recibimos como reciben los náufragos a los que los van a rescatar, caminaban desorientados aún no se recuperaban de la impresión mirando a su alrededor, cuando les salimos al encuentro dándoles un abrazo de bienvenida,  nosotros recordábamos nuestro primer día y sabíamos que nunca nos olvidaríamos; ahora éramos 14 y posiblemente seríamos un grupo de respetar, a los ojos de las pandillas que existían en la cárcel.

El capitán de gendarmería viendo que éramos catorce marineros, decidió organizarnos en el teatro de la cárcel, la cual quedaba  cruzando la cancha de futbol al otro lado del pabellón  tenía una puerta doble con barrotes redondos de metal, al ingresar tenía corridas de tablones a lo largo del salón con cabida para cerca de doscientos detenidos,  parecía un edificio abandonado por muchos años, todo lleno de polvo y  tierra, era difícil determinar  cuándo fue la última vez que había funcionado para un evento;   el baño  era impresionante su estado nauseabundo, el excremento y los orines habían percudido las paredes de azulejo que ya no eran blancas, el excremento se había secado a través de los años y se había vuelto como una pintura negra y café oscura,  nos daba escalofrío el solo hecho de pensar que teníamos que limpiarlos para poder usarlos, tuvimos  que  buscar pedazos de metal y de madera  que eran muy difícil de encontrar  y armarnos de valor  para raspar toda la pudrición acumulada por varios años; con unas camisetas  nos cubrimos la nariz y la boca para dar comienzo a la dura tarea que nos tomó muchas horas, mientras raspábamos tratábamos de aguantar la respiración, o de respirar lo  mínimo posible , haciendo turnos debido a que la putrefacción  nos generaba náuseas y vómitos;  pero teníamos que hacerlo ya que ésta sería nuestra vivienda por un período incierto de tiempo.

Después de haber terminado la limpieza de todo el teatro, trajimos  las literas del pabellón  y las armamos en el  escenario, poco a poco nos íbamos organizando; al mismo tiempo conseguimos por parte de los demás reclusos y de los guardias elementos para nuestro uso diario; los marinos que vivían en la zona le pedían a su familia lo más necesario, como una cocinilla a parafina, una pequeña radio para informarnos de lo que ocurría en el exterior, víveres para cocinar y algunas cosas que negociábamos con los demás reos.

Todos los días comíamos  el mismo “menú”, es decir, “porotos con riendas”;  con hambre o sin hambre era todo lo que nos daban en la cárcel, algunas veces cocinábamos algunos alimentos  que llevaban los familiares, nos turnábamos pero yo lo hacía más a menudo , siempre me gustó cocinar desde que mi abuela a los 14 años me llevo hacia la cocina y me dijo,  ponga atención le voy a enseñar a hacer unas sopas y unos estofados ,en caso que algún día se case y su mujer no sepa cocinar ,entonces no pasará hambre, mi abuela fue muy sabia.

Pasaban los días, y de vez en cuando se escuchaban balazos,  especialmente en la noche, vivíamos en la incertidumbre de nuestro destino. Por las visitas y la  radio oíamos de algunas manifestaciones de personas que se reunían para protestar por el maltrato y captura  de los marinos capturados;  estas eran las consignas que la gente gritaba en las calles “El pueblo unido, jamás será vencido”  y  “Marino torturado el pueblo está a tu lado”

El día 11 de Septiembre por la mañana, abrí los ojos, eran casi  las siete; prendí el  radio pequeño que teníamos para escuchar las noticias; me llamó la atención porque escuche la palabra “ESCULAPIO; decidí cambiar de estación, para mi sorpresa todas las emisoras transmitían música clásica ,la que  era interrumpida con una frase que decía así: “ESCULAPIO”, “ESCULAPIO”, “ESCULAPIO”;  después continuaba la música clásica; me sorprendió al punto que empecé a despertar a mis compañeros y decirles lo que estaba ocurriendo, estábamos todos curiosos pensando que podría ser una contraseña, seguimos buscando emisoras, en ese mismo momento empezamos a escuchar ráfagas de ametralladora y disparos en diferentes direcciones, acompañados con gritos y alaridos de personas, nos quedamos mirando y comprendimos que era el momento que todos temíamos,  era el golpe de estado ejecutado por  los militares; uno de los marinos  insistía en buscar una emisora que estuviese transmitiendo, finalmente encontró una y oímos en la radio Magallanes las palabras del Presidente Salvador Allende pidiéndole al pueblo que se quedara en sus casas ,que no saliera a las calles, que las fuerzas armadas lo habían traicionado, que se habían revelado y querían asumir el poder de gobierno, pero que el pagaría con su vida la lealtad a su pueblo,  antes de cortarse  la comunicación se escuchó la voz de un locutor diciendo que la radio estaba siendo atacada por aviones con misiles,  se escuchaban las explosiones, después, quedó todo en silencio ,empezamos a sentir una sensación de miedo y temor, manifestábamos diferentes opiniones por lo que fuera a ocurrir.

Solamente meses después vine a entender que ESCULAPIO era la palabra clave que habían usado las fuerzas Armadas para iniciar el golpe de estado contra el presidente Allende.

Eran cerca de las nueve de la mañana cuando llegó un guardia abriendo el candado y soltando las cadenas, acompañado de  un pelotón de  infantes de marina, gritando y vociferando amenazas, ¡ Todo el mundo afuera!, ¡Afuera chuchas de su madre o los vamos acribillar aquí mismo!;  nos agarraron de las camisas  y nos jalaron  hacia afuera a la vez que nos daban  patadas, culatazos y empujones, nos pusieron a los catorce marineros en contra de la pared del patio de la cárcel, allá nos esperaban un teniente y un sargento.

MURALLA DE FUSILAMIENTO A DONDE FUIMOS COLOCADOS  LOS 14 MARINOS DETENIDOS 

El sargento nos mandó a alinear  de espaldas contra la pared.

Enseguida se dirige al teniente, se le cuadra en saludo militar y le dice: Aquí están todos, mi teniente.

El teniente dirigiéndose al pelotón de infantes de marina  les grita y les da la orden ¡Preparen armas!.   ¡! APUNTEN!!

En ese momento aparece el capitán de gendarmería encargado de la cárcel, con otra persona  que tenía una correa sobre los hombros y  le colgaba un objeto, (luego nos dimos cuenta que era una cámara), le hizo un ademán con la mano al fotógrafo para que se detuviera,   al mismo tiempo seguía caminando hacia donde estábamos, gritando ¡Mi teniente!; éste, voltea su cabeza y empieza a caminar para encontrarse con el capitán, se dieron el saludo militar  y  alcanzamos a oír el siguiente diálogo, ya  que aunque estaban un poco lejos, los dos estaban muy irritados y hablaban en voz alta.  El teniente le dice: “Vamos a fusilarlos a todos éstos marinos, ya que están acusados de sedición y traición a la Armada; ellos nos iban a matar a nosotros”; el capitán de gendarmería responde: “ No los puede fusilar, ya no son militares, ellos fueron declarados reos comunes y están bajo mi responsabilidad, si los van a fusilar tienen que hacerlo fuera de mi recinto, en este momento hay  más de trescientos testigos que están viendo lo que ocurre desde el pabellón, además  necesita  traer una autorización judicial, para sacarlos de aquí”; señalando al señor de la cámara, le dijo: “ este señor es  un reportero de la revista VEA y está aquí para sacarles una foto a los detenidos”.

El teniente, sumamente frustrado e indignado con el capitán, da la orden de bajar las armas y retroceder para la foto, el capitán  alza la mano hacia el reportero  quien  se acerca rápidamente y nos saca la foto que adjunto.

El teniente da la orden  de que nos lleven de vuelta al teatro, vociferando   que regresaría a buscarnos.

¡ El capitán de gendarmería nos había salvado la vida ¡.

Los infantes se acercaron y nuevamente con patadas, puños y  culatazos nos  empujaron al teatro de la prisión, algunos de nosotros rodamos por el piso debido a las patadas que nos daban en la espalda y en las piernas. Nos maltrataron con un odio de enemigos; con el tiempo supimos que les habían informado que nuestros planes era matarlos a ellos, claro, por eso eran tan verdugos.

A la vez que éramos arrojados, empujados hacia el interior ahora caminábamos lentamente sin rumbo, algunos se dirigieron a sus literas otros continuaban caminando con la cabeza agachada, como mirando el piso.  Por un lapso de tiempo, no pronunciamos palabra alguna, solo un silencio sepulcral, durante varios minutos interminables que parecieron horas,  pensando solamente en que vendrían a buscarnos para un inminente fusilamiento; un sentimiento de infortunio se había  apoderado de nosotros, al alzar nuestros ojos nos quedamos mirándonos, alzamos nuestros brazos y nos abrazamos fuertemente demostrando el amor y la hermandad que nos unía en ese momento, a la vez que nuestros ojos rojos y mojados sellaran la vivencia de ese momento;  nos despedimos en silencio; la emoción, las lágrimas y el sentimiento de impotencia de no poder defender nuestras vidas, de no volver a ver nuestros seres queridos no nos dejaban pronunciar palabra alguna, lo único que podíamos hacer era esperar la muerte, ¡qué larga espera, qué angustia, qué nervios!, yo quería despertar de esta pesadilla rehusaba creer que era una realidad , queríamos aprovechar cada momento, eternizar el instante, parar el reloj, qué tormento tan espantoso, qué lucha existencial; vi a un compañero escribiendo, le pregunte, ¿ qué haces?, me queda mirando y con lágrimas en los ojos me contesta , le escribo una carta a mi esposa para que cuide a mis hijos y un mensaje para mis padres, aparentemente todos teníamos la misma necesidad y buscábamos con que escribir.

En ese momento, dos reos, uno de ellos el Guatelapi, habían  atravesado corriendo el patio de la cárcel; desde las ventanas del pabellón habían observado todo nuestro drama;  se acercaron poniendo ambas manos y la cara en contra de  los barrotes de la puerta, y  nos preguntaron, ¿qué podemos hacer por ustedes?, ¿cómo podemos ayudarlos?;  dejaron de ser malos o antisociales ahora lo más importante es que éramos chilenos en necesidad, para hacer un gesto de bondad;  por un momento se olvidaron de nuestras diferencias  y emergió la calidad humana;  no estábamos tan  solos, noté  que ellos, arriesgando su integridad física, habían venido a ofrecernos su ayuda; lo único que se nos ocurrió fue decirles, necesitamos papel y lápiz. el Guatelapi ordenándole al otro reo le dice, dile a los otros que los colecten rápido y los traes, inmediatamente  dio la media vuelta corriendo hacia el pabellón, mientras el Guatelapi nos decía ,nosotros estábamos mirando por las ventanas sin saber qué hacer, milicos culiados se los querían hechar,(matar) nosotros guardamos silencio, pero respondimos moviendo la cabeza en forma afirmativa y haciendo gestos con el rostro como presintiendo nuestro final; él percibe que no es un momento para dialogar y vuelve su cuerpo mirando el pabellón y alza sus brazos en signo que está esperando a la vez que camina lentamente, de vuelta casi al instante aparece el otro reo corriendo y en sus manos traía una cantidad de lápices y papeles; ese gesto humano jamás lo olvidare.

Tomé un papel y un  lápiz y proseguí a escribir la que en ese momento pensé sería mi última carta, para despedirme de mis familiares; debían saber que los pensaba en mis últimos momentos  y que  los amaba; en esa angustia me di cuenta de que los necesitaba y que no estaba anímicamente solo; le escribí la carta de despedida a mi padre, la cual él la conservó y me la devolvió para incluirla en el presente libro. Decía así:

Querido Papá:

Te escribo estas líneas, pues en este momento desconozco mi destino, me encuentro en el Teatro de la Cárcel Pública de Valparaíso, junto a otros trece marineros.

Hace un momento atrás, vino un pelotón de infantes de marina y nos pusieron contra la pared, te digo que mi corazón saltaba a mil por hora.

Mientras el capitán de gendarmería discutía con el teniente infante, nos tenían apuntados con los fusiles; ese momento era como una agonía; después nos agarraron a patadas, culatazos y golpes y nos metieron de vuelta al teatro.

Oye viejito, yo creo que nos iban a fusilar, ahora no sé que va a pasar; por eso te escribo estas líneas. Hace un momento atrás, nos abrazamos y lloramos, como despidiéndonos, contando los minutos que nos quedan de vida.

Papá, perdóname si no fui el hijo que tú esperabas tener, pero yo no tengo nada de qué avergonzarme; mi único delito, el querer evitar o revelarme a una matanza entre chilenos; recuerdo que cuando estaba en la Marina, le dije al oficial, yo pienso que si llega la orden de matar a otro chileno, no lo voy a hacer y su respuesta fue: usted como soldado no está supuesto a pensar, sino a obedecer

Papá, como marino, me enseñaron a amar a mi patria, a emocionarme al oír el Himno Nacional y a sentirme orgulloso al ver mi bandera y de ser chileno, pero nunca me prepararon para disparar contra un compatriota.

No sé  lo que va a ocurrir, pero tengo miedo, nunca pensé que mi vida iba a terminar así. Papá, los quiero, dile a todos que siempre los recuerdo, un abrazo y cariños a todos.

Tu  hijo      Jaime.

 

ORIGINAL DE LA CARTA  ENVIADA POR JAIME ESPINOZA A  SU  PADRE, DESPIDIENDOSE  DE EL Y DE SUS FAMILIARES , CUANDO PENSABA QUE AL DIA SIGUIENTE LO IBAN A FUSILAR  EN  EL  PAREDON .

Hubiera necesitado muchas palabras para expresar lo que sentía en esos momentos y lo que sentía muchas veces cuando estaba detenido, lo quiero resumir en una sola palabra, sentía miedo, miedo a la vida, miedo a seguir viviendo en esa continua  agonía; pero me sobreponía y sentía un tremendo miedo a la muerte, no quería morir pero tampoco quería seguir viviendo en esa pesadilla; recapacitaba y me decía no puedo morir sin haber llegado a cumplir los objetivos y sueños que como toda persona yo los había tenido en mi niñez y en mi juventud; el tratar de conseguirlos me daba una fuerza inconmensurable y una energía adicional para no entrar en derrota y seguir aferrado a la vida, me trataba de motivar a mí mismo de que cada día que pasaba, pensaba con optimismo, a veces en forma ilusa, me traería un mejor futuro y que podría realizar los sueños que me había trazado, pero los sueños, sueños son y años después, cuando ya estaba libre es que me vine a dar cuenta que esas detenciones y el tiempo pasado en las cárceles y en los campos de concentración, me habían marcado para siempre; la misma sociedad me cerraría las puertas y no dejaría que yo cristalizara mis sueños de juventud; pero por lo menos había realizado lo que más ansiaba en esos momentos de detención, mi libertad.

Durante toda  la noche nadie pronunció palabra alguna, existía un silencio fúnebre, ¿sería el silencio de la muerte?; nos habíamos despedido de nuestros seres queridos y de nosotros mismos ya que no sabíamos si era la última noche de nuestra existencia.  Para mi sorpresa,  no  vinieron a sacarnos  esa noche, esa eterna y horrible noche yo no dormía pensando que en cualquier momento  escucháramos los gritos con la orden de salir  para llevarnos al paredón de fusilamiento; es horrible vivir en ese estado de desesperación.

Al otro día al abrir los ojos todos nos mirábamos como alzando los hombros, levantando las cejas, y moviendo la cabeza hacia un costado, eran gestos de dudas y de interrogación sobre nuestro incierto destino,  pero había que seguir viviendo, y estábamos felices de vivir un día más.

Algunos de los reos comunes nos vinieron a visitar, cruzaron la cancha y también en un tono alegre y  sonriendo nos decían, “chucha de la que se salvaron’’, ellos  habían estado  pendientes de nosotros haciendo apuestas si lográbamos sobrevivir  esa noche,  en un signo de admiración y de agradecimiento con la vida, nos saludábamos dándonos la mano; para celebrar nos invitaron a una “pichanga”, así fue como empezamos a organizarnos y a practicar este deporte tan querido para todos; la cancha era de tierra dura, totalmente ausente de cualquier vestigio de pasto verde, si es que alguna vez lo tuvo, una caída significaba quedar todo raspado y muchas veces sangrando, pero no importaba lo importante era jugar, mover la pelota, correr  y tratar de producir goles, yo personalmente nunca fui  uno de los mejores, pero disfrutaba participando.  Los  partidos de futbol  servían para relajarnos y olvidarnos por un momento de nuestra  situación.

En una tarde me encontraba al costado de la cancha observando el partido de futbol y nos quedamos viendo con el Guatelapi, nos saludamos y empezamos a conversar, él mostraba cierto interés o admiración por nosotros, debido a que se había enterado por medio de las noticias y rumores  que nosotros nos íbamos a robar los buques de la Armada , claro comparando con los robos que ellos hacían, éstos eran muy insignificantes con relación  al nuestro; ahora nosotros éramos  considerados como unos ladrones pero unos héroes para  él; ahora estando frente a mí, tenía la curiosidad de saber cómo nos habíamos organizado para cometer semejante delito;  se comentaba que esa era la razón por la cual nos habían encarcelado; le conté la verdad, que por un presunto golpe militar al gobierno todos estábamos acusados de sedición y motín en contra de la Armada

Unas semanas después llegó otro grupo de marinos a la cárcel, la mayoría se conocían y se saludaban de abrazo, yo era el único que no conocía a nadie; aunque nunca les pregunté, pienso que en más de una ocasión alguno de ellos sospechó  que yo era un infiltrado en el grupo, a veces me miraban en forma extraña, y era lógico, ¿cómo se explicaban  la subversión o el motín de una sola persona,  ahora me sentía como enemigo de los dos bandos, era un castigo mental; algunas veces les expliqué mi situación pero para mi interior siempre pensé que les quedaban una serie de dudas.

DETENIDO EN EL CAMPO DE CONCENTRACION DE  ISLA  RIESCO       

   El campo de concentración Isla Riesco o Melinka, ubicado en los llanos de Colliguay,  estaba  rodeado por una doble reja de alambre de púas con paredes de 4 a 5 metros de altura y con torres de vigilancia cada 50 metros; nos advirtieron  que el espacio entre las dos rejas era un campo minado, interconectado por un sistema de alarmas que sonaría cuando algún detenido intentara pasar los umbrales de la prisión; lo cual hacía imposible que fructificara cualquier intento de fuga. Estaba ubicado en un valle, rodeado por una serie de montañas. El campo de concentración comprendía un área rectangular aproximada de  400metros de largo por 200 metros de ancho. Isla Riesco o Melinka  estos son los nombres de unas islas ubicadas en el sur de Chile donde el clima es muy frío, además, por su topografía son de  muy difícil acceso, con el tiempo supe que le dieron este nombre para que nuestros familiares no insistieran en visitarnos

Las construcciones eran de madera con piso de tierra en forma de U; se componía de líneas de 12 celdas en cada extremo, acomodando seis prisioneros en cada una de ellas con literas que también estaban alineadas en forma de U, todas conectadas, pero cada celda con su puerta; en cada litera se encontraba una frazada y una toalla. En la parte posterior de la base de la U, estaban ubicados los sanitarios que era una línea de cajones de madera seguidos, sin ninguna división, sin techo o pared alguna, por lo que no había ninguna privacidad; nosotros los marinos habíamos superado en gran parte el pudor y la vergüenza, pero para los presos políticos recién llegados, era traumatizante aceptar estas condiciones, no habiendo ninguna otra alternativa,  comúnmente había varias personas al (unísono), realizando sus necesidades fisiológicas; se carecía de papel sanitario, usando  diarios o papel de revistas otorgadas por los soldados, no faltaban  las bromas, en más de una ocasión nos dijimos que como nos limpiábamos con tantas noticias y letras teníamos  un” poto educado”.

Al otro extremo estaban ubicados los comedores; consistían en varias mesas largas de madera, a cada lado tenían bancas también de madera.

Alejado  de los comedores; había un tanque grande plástico redondo llamado pipa, que contenía agua potable, de éste nos abastecíamos para el uso diario del agua para beber o para asearnos.

Al lavarnos el cuerpo, se trataba de hacerlo lo  más rápido posible debido al frío de la época y al lugar donde nos encontrábamos,  otro factor importante era que había que dejar agua para el resto de los detenidos. Yo particularmente, lo hacía por partes, desnudando mi torso primero, lavándome con un trapo con jabón y refregándome para enjuagarme rápidamente, después me lavaba la parte inferior usando la misma técnica. Viviendo en estas condiciones, rápidamente teníamos que buscar la mejor forma de adaptación.

Habían  pasado dos días de mi permanencia en este recinto,  en el mes de noviembre de 1973, muy temprano en la mañana  fueron dos soldados a la celda, se dirigieron a mí,  y me ordenaron que saliera, inmediatamente accedí y empecé a caminar con dirección a donde ellos tenían la base, me llevaron a una  sala, me sentaron en una silla mirando hacia unas luces, me esposaron, y después prendieron más luces que me  enceguecieron, luego de un breve lapso de tiempo comenzaron con el interrogatorio.

INTERROGADOR: Dime tu nombre.

JAIME: Jaime Espinoza.

INTERROGADOR:  ¿Tú eras marino?.

JAIME: Si señor,

INTERROGADOR: ¿Sabes porque estás aquí?.

JAIME: No señor,

INTERROGADOR: Bueno nosotros tenemos un grave problema contigo.

JAIME: No entiendo.

INTERROGADOR: Tú estás acusado de sedición y motín.

JAIME: Si señor.

INTERROGADOR: Ahí está el problema, nadie hace un motín o una sedición estando solo, hasta ahora te niegas a entregar los nombres de los que te seguían y de tus contactos.

JAIME: Pero siempre he dicho la verdad.

INTERROGADOR: Tengo la lista de los que te conocen y todos ellos ya testificaron que tú eras el líder, por lo tanto no me hagas perder mi paciencia.

JAIME: Yo siempre he dicho que en la reunión, todos hablábamos y todos opinaban.

INTERROGADOR: Ahh,…  y  me vas a negar que algunos de tus contactos no están aquí contigo. (Enseguida  sentí una patada en mi pecho que volcó la silla hacia atrás y yo rodé por el piso, enseguida me dio dos patadas en el estomago y me aplastó la cara con la bota; yo no podía respirar y tenía ganas de vomitar).

INTERROGADOR: (Gritando), ¡Estoy cansado de tus mentiras tú crees que estamos para el hueveo tuyo!,… esta es tu última oportunidad dame los nombres o te vamos a fusilar ahora mismo.

JAIME : No quiero inventar nombres, no quiero mentir.

INTERROGADOR : Ok, como quieras, es tu vida,… métanle plomo.

Solo sentí que me pusieron la capucha sobre la cabeza que me alzaron por los brazos y a rastras me llevaron hacia afuera para subirme a un vehículo abierto sin puertas ,sentí subir a los soldados, encendieron el motor del vehículo y arrancaron,  yo iba sentado al centro porque sentía los hombros de ellos a cada lado, el viaje duró cerca de cinco minutos, detuvieron  el vehículo y procedieron a bajarme, me tomaron por los brazos y me hicieron  caminar  unos 20 metros, nos detuvimos me hicieron girar y procedieron  a quitarme la capucha, mientras los dos infantes de marina caminaban alejándose de mí con rumbo al vehículo, me di cuenta que era un jeep, del cual bajo  un  teniente,  que se dirigía  caminando hacia mí,  yo sentía que me iba a caer y que mis piernas  no podían  sostener mi cuerpo; presentí que me iban a fusilar, era el fin de mi existencia , eran miles de pensamientos pasando por mi mente, en eso el teniente da la orden de ¡preparen armas!. Observé que los tres soldados sacaban una bala de su cartuchera y cargaban el fusil;  mi mente rehusaba creer lo que estaba viviendo, diciéndome que esto no es verdad, estoy viviendo un sueño, una pesadilla, me negaba a aceptar la realidad; en ese momento el teniente se encuentra al lado mío, dirijo mi vista  hacia él y me dice con un tono autoritario ¡allá!,  ¡mira allá!, apuntando con su dedo índice y su  brazo estirado hacia los fusiles que estaban siendo cargados, ahora el teniente estaba hombro con hombro, solo que los dos estábamos mirando para los lados opuestos, y de una forma sarcástica me dice suavemente: “La verdad es que no quiero  matarte, eres un muchacho joven y los otros que te  acompañaban, unos están aquí en el recinto,  los otros andan disfrutando de su libertad y tú aquí como hueón pagando con tu vida, nosotros le vamos a decir a tu familia que te dejamos en libertad y no hemos vuelto a saber de ti, ok; ¿ya te acordaste de los nombres?”; yo estaba temblando del nerviosismo,  con mi voz entrecortada le contesté, mi teniente yo siempre les he dicho la verdad,  ¿ por qué no me quieren creer?, ¡se lo juro por  Dios!;  el teniente hizo unas muecas con la cara como dudando de mi respuesta, gira y caminando lentamente me da la espalda, alejándose unos pasos de mí, en alta voz, dice: ¡APUNTEN!;  los tres soldados alzaron sus fusiles apuntando a mi cuerpo; en ese momento unas lágrimas rodaron por mis mejillas, me estaba despidiendo de esta vida, moría sin haber cometido delito alguno, por no querer matar a mi gente, me habían enseñado que entre chilenos nos queríamos; recordé cómo mi padre cuando íbamos al campo a todo el mundo le gritaba, ¿cómo está pariente?; se vivía con ese cariño y esa hermandad,  me acordé de todos esos momentos en que se reunían en la casa de campo donde  mi padre se había criado junto al abuelo Raimundo, la prima Ana Rojas y su hermano el tío Sergio; el primo Alberto Peralta, el tío Rubén Ampuero, Vito Carreño y Alfredo Silva llegaban con “chuicos” de 15 litros de vino, y víveres para consumir durante su estadía, mandaban a los primos jóvenes a buscar un cordero, mientras otros encendían el carbón y empezaba la alegría, y si alguien pasaba por el camino, no podía seguir sin brindar con ellos y si se quedaba, mejor todavía, ¡ese amor! era el que corría por mis venas y ahora pagaba con este precio, con mi vida,  por ese amor que  mi familia me había enseñado a darle a mis hermanos chilenos.

Ahora me encontraba frente a mis verdugos, a la misma vez que me preguntaba: ¿qué sentirían ellos por dentro?; ¿estarían sufriendo?; ¿me iban a quitar la vida sin ningún remordimiento?; ¿cómo podrían lidiar después con su conciencia?; ¿ cómo justificarían ante ellos mismos el asesinato que iban a cometer contra mí?; si yo no les había hecho ningún daño, pero ahí los tenía apuntándome con los fusiles; les dirigí la que consideré  mi última mirada, viendo los cañones que dispararían quitándome la vida: cerré los ojos y me encomendé a Dios.

Esperando la orden de fuego, el teniente  sabe que estoy tiritando y muerto de miedo,  se vuelve a acercar a mí, cada paso que daba era una tortura, una agonía, mi mente   rehusaba  creer lo que estaba  viviendo, sintiendo cada vez  más la cercanía de mi muerte;  suavemente me vuelve preguntar: ¿te acordaste de los nombres?, levanté mi cabeza, lo quedé mirando con mis ojos empapados en lágrimas y con lo que me quedaba de mis fuerzas  terminé  diciéndole: “ya le dije la verdad”, esta vez él se queda mirándome, haciendo un gesto de conformidad y exclamando, “es tu vida, tú lo quisiste así”; caminando y alejándose  da la orden de ¡FUEGO!.

Escuché el tronar de los fusiles que sonaron como un cañón y alcancé a decir, ¡Dios mío perdóname!, cerré mis ojos y apreté mi cuerpo tratando de sentir las heridas por las balas, a la  vez me movía suavemente sin sentir dolor, ¿estaré muerto, pero, porque no me caigo?, aunque mis piernas temblaban aún estaba de pie ,cuando escucho las risotadas de los soldados, comencé a entender que esto era un juego para ellos, eran balas de salva, el teniente rápidamente se acercó a mí diciéndome,  “hoy día fueron de salva ,pero jamás vas a decir ninguna palabra de lo ocurrido, si alguna vez me entero que has hablado, van a ser reales, ¿ entendiste?”; apenas me salía la voz y le conteste, ¡ sí mi teniente!;  dirigiéndose a los soldados con un movimiento de la cabeza indicando donde yo estaba, se acercaron y nuevamente me encapucharon;  procedieron a tomarme de los brazos y dirigirme hacia el jeep; caminaba como un autómata, cuánto tiempo tomaría para superar esta experiencia; todavía cuando la recuerdo, se me crispa la piel y algunas lágrimas corren por mi rostro.

Mucho tiempo después, encontrándome  de nuevo detenido en la Cárcel Pública de Valparaíso,  conversando con mis compañeros,  supe que  los simulacros de fusilamiento era una técnica muy utilizada; sin embargo varios presos habían muerto de un ataque al corazón; el cadáver se lo habían entregado a los familiares, en el certificado de defunción aparecía, “Causa de muerte: Deceso natural, falleció de un ataque al corazón”.

En mi regreso al campo de concentración perdí conciencia del viaje y del tiempo, mi mente estaba confusa, no tenía capacidad de razonar  pero recordaba el rostro del  oficial, era un teniente joven, no pasaría de los 30 años, con unos ojos negros y una mirada penetrante que expelía odio y rabia  como una bestia salvaje completamente irracional y carente completamente de la más mínima prueba de bondad y de cariño?; ¿cómo un ser puede llevar esa doble personalidad con caracteres tan diametralmente opuestos?;  ¿ por qué el uniforme militar que llevaba puesto lo envalentonaba y le hacía cometer actos contra su propia conciencia y contra sus principios morales?; todo esto lo hubiera justificado si hubiéramos estado en guerra con otra nación que hubiera amenazado la seguridad de nuestro país y estuviéramos defendiendo la soberanía nacional ,defendiendo nuestra gente y esta tierra que nos vio nacer, pero éramos hermanos chilenos, yo no era un enemigo.

Nuevamente sentí que me tomaron por los hombros me llevaron a la misma sala, me sacaron las esposas y la capucha, el oficial se me acerca y me dice nuevamente no te olvides lo que te dije luego indicando con la mano me ordena  que regresara a mi celda, mientras caminaba me sentía muerto en vida. Mis compañeros al verme me preguntaron si estaba bien, yo hice un ademan con la cabeza afirmando que sí, sin pronunciar palabra alguna me tendí en mi litera, sin ánimo de salir o hacer algún tipo de actividad.  Me tomó varios días para superar este estado tan complejo que me invadía, mis compañeros preocupados seguían preguntándome cómo estaba  y qué me pasaba, lo único que les dije es que había sufrido un fuerte interrogatorio y que necesitaba mi espacio; ellos comprendieron y no me volvieron a preguntar absolutamente nada.

Poco a poco fui superando este estado, saliendo a caminar alrededor del campo, como lo hacían otros detenidos. Me fui dando cuenta que había mucha gente intelectual como el  doctor Fisher, quien había sido el brazo derecho del doctor Kaplan, el cardiólogo que realizó el primer trasplante de corazón en Chile; el químico y biólogo doctor Walter Gaete, había varios profesores universitarios, uno de ellos era el doctor Francisco de la Fuente.

Conversar con estas personas yo lo encontraba sumamente interesante, su forma de expresarse era muy respetuosa y elocuente, lo hacían con distinción y profundos conocimientos, no eran las palabras costumbristas que usábamos a diario con mis compañeros , ellos eran un mar de sabiduría,   siendo yo tan joven, a mis 19 años, consideraba un privilegio poder  socializarme  con personas tan distinguidas,  eminencias intelectuales; la mayoría de las veces lo que hacía era escuchar y aprender,  pero a  la misma vez me preguntaba,  ¿cuál sería el delito que estas personas habrían cometido para tenerlos detenidos en estas condiciones?, yo tampoco me atrevía a preguntar, presumía que por sus ideas políticas; dialogando con ellos es que resolvimos solicitar al sargento de guardia que  por medio de los familiares nos consiguieran  juegos de damas y de ajedrez, para  tener un medio de entretenimiento y diversión y eventualmente organizar un campeonato.  El ajedrez fue muy importante para mí porque fue la ayuda sicológica que necesitaba para poder desprenderme de la cruel realidad y  del estado depresivo que me embargaba.  Me dediqué de tres a cuatro horas al día  a practicar y mejorar el juego, aprendiendo nuevas aperturas.  Me di cuenta que  era un juego muy interesante de estrategias ilimitadas y de un gran estímulo al cerebro; nadie podía imaginar que trece años más tarde estaría recibiendo un pequeño reconocimiento por representar a la compañía de aviones Fairchild Republic en New York donde trabajábamos seis mil personas; allá por primera vez me tocó jugar contra maestros, marcando con reloj y escribiendo mis jugadas, me sentí orgulloso sin dejar de pensar donde lo había aprendido.

Los guardias e interrogadores nos tenían prohibido hablar y comentar con los demás detenidos sobre las torturas que recibíamos;  sin embargo, a pesar de la prohibición, igual los amigos más cercanos lo hacíamos, para desahogarnos; en ello estábamos influenciados por las historias que nos contaban los recién llegados; algunos habían recibido descargas eléctricas en los testículos, a otros les aplicaban el sistema de submarino que consistía en que el detenido sufría una inmersión en toneles de agua, casi hasta la asfixia; algunos no aguantaron y murieron al estallárseles los pulmones; un detenido jurando vengarse nos contó cómo a su hermana la habían violado con un perro, lo que le generó una gonorrea, ya que estos animales comúnmente son portadores de esta enfermedad; a otro compañero le habían aplicado corriente en las canillas, sistema comúnmente conocido como la “parrilla”; era muy común ver a prisioneros con los brazos  heridos, con señales de quemaduras de cigarrillo, algunas curándose, otras  aún en carne viva.

En la medida que avanzaba el tiempo, habían momentos de resignación tratando de hacer la vida lo más llevadera  posible, por lo menos dos o tres veces por semana oíamos las ráfagas de ametralladora y la explosión de granadas, era como una advertencia para el que tuviera alguna idea de escaparse; en uno de los partidos de futbol, de una patada demasiado fuerte, la pelota fue a dar en medio de las dos rejas donde presuntamente estaba minado, pedimos ayuda a los soldados, pero ellos se negaron diciendo que tenían que traer escaleras porque el campo minado era muy peligroso.  Esa noche, aproximadamente después de dos horas de habernos acostado y suponiendo que todos estaban durmiendo, se escuchó en medio del silencio  una explosión muy cercana a nuestra celda seguida de ráfagas y disparos; uno de nuestros compañeros se empezó a quejar  que su pierna  le dolía, una esquirla le había penetrado y estaba sangrando;  procedimos a gritar para pedir ayuda porque teníamos un compañero herido, al llegar los soldados lo llevaron  a la enfermería; el sargento nos dio una explicación diciendo que un conejo había cruzado el campo minado provocando la explosión al cual ellos respondieron con disparos temiendo que algún prisionero estaba tratando de escaparse.

Era común observar cómo nuevos detenidos llegaban al campo, como también era común ver compañeros que se los llevaran por un lapso de tiempo para más tarde regresar en condiciones parecidas a la que yo regresé, después de haber sido sometidos a interrogatorios, pero también hubo detenidos que al llevárselos jamás regresaron; su destino fue incierto y desconocido para nosotros, pues nadie se atrevía a preguntar.

Quisiera mencionar  nuestro menú de todos los días, durante meses: el típico desayuno, un jarro de té con un pan, el  almuerzo  eran frijoles cocidos en agua con un té y un pan y la  cena era un pan y un jarro de té; pero un día todo cambió debido a la denuncia y a la presión de nuestros familiares, visitando todos los organismos existentes de los derechos humanos, fue que tuvimos la  visita de La Cruz Roja Internacional;  ese día, los cambios fueron diametralmente opuestos, en el trato de soldado a prisionero como también en el menú diario.  Un caso excepcional fue el del teniente González que nos saludaba como grandes amigos dándonos golpecitos en la espalda en forma amistosa  e informándonos que nuestras familias estaban bien y que nos enviaban saludos;  nosotros nos mirábamos sorprendidos de tanta atención y respeto sin atrevernos a informar a la Cruz Roja que la realidad era muy distinta  a esa falsa cordialidad.  Sin embargo lo que más disfrutamos fue el cambio del menú diario, todos recibimos un cuarto de pollo asado, puré, ensalada y postre.  La comida fue nuestra delicia  pidiéndoles  a los integrantes de la Cruz Roja que por favor nos volvieran a visitar  para disfrutar una vez más esta cena de gala.

Durante la visita de la Cruz Roja Internacional, nuestro propósito era el de encontrarnos solos con los miembros de este organismo, para informarles la realidad de nuestra situación;  ellos tuvieron que insistir para que esto pudiera ser posible, lo cual fue finalmente aceptado de mala gana, por las autoridades del recinto; en esa breve charla, pudimos informarles de nuestra calidad de prisioneros y de la carencia de los objetos básicos para nuestra higiene personal; les informamos sobre las desapariciones de personas que sacaban para interrogatorios y que nunca regresaron; de las torturas que recibimos y del maltrato que nos daban; yo personalmente, por el temor y el miedo a una posible venganza, opté por guardar silencio, en ese momento, no sabía si estaba actuando bien o mal; era una lucha interna entre el desahogo de poder decir la verdad de las torturas, que había recibido o el  posible castigo que me darían, como me lo había prometido el teniente en el simulacro de fusilamiento; pensé que si guardaba silencio, tenía una mayor posibilidad de seguir con vida, por tal razón decidí callar la verdad.

Aprovechamos la oportunidad para darles a conocer, no sólo  la situación  en que vivíamos, sino también informarles de algunas necesidades como pelotas de futbol y de voleibol y si fuera posible recibir algunas encomiendas y noticias de familiares.  Los detenidos que aún tenían heridas sangrantes o muestras físicas de castigo, fueron escondidos, los visitadores de la Cruz Roja, no supieron que existían; nosotros tampoco nunca supimos cuál fue el resultado del informe oficial que rindió la Cruz Roja a la prensa y a los organismos nacionales e internacionales.

La visita de la Cruz Roja tuvo una gran influencia en nuestro estado anímico, ya no nos sentíamos tan abandonados y perdidos en la existencia, por lo menos sabían dónde estábamos, posteriormente algunos de los detenidos recibieron  correos y alguna pequeña encomienda enviada por sus familiares la cual era revisada minuciosamente para asegurarse que no contenía nada  que pudiera ser usado como un arma, lo que nunca me enteré, fue cómo la Cruz Roja supo de nuestra existencia.

Una semana después tuvimos otra grata sorpresa al recibir correo y una encomienda de la Cruz Roja donde nos enviaban una pelota de futbol y una pelotas de voleibol, más otros artículos de uso diario como jabón, champú, cepillo de dientes y pasta dental. Nuestros ojos estaban llenos de felicidad, ¡habían cumplido con su palabra!

Pero ahora nos faltaba la red de voleibol, empezamos a pensar cómo la podríamos fabricar, otra vez comunicándonos con los soldados de guardia, les solicitamos que necesitábamos algo que fuera como una cuerda larga; ellos nos respondieron que verían lo que encontrarían disponible; más tarde regresaron con un rollo de alambre de púas diciendo que era lo único que podían aportar; nos dimos a la tarea de sacar una por una las puntas dobladas de los alambres sin tener herramientas y buscando de alguna forma con un pedazo de madera o una piedra para destorcer las puntas; nos fuimos turnando en esta ardua faena hasta llegar a tener dos alambres largos libres de púas, amarrando cada extremo en las celdas adyacentes; ahora nos faltaba la malla; nuevamente vinieron las ideas, necesitábamos más camisetas y trapos viejos para deshilachar o hacer largas cuerdas para ir trenzando y amarrando como un telar de araña.  Cuando finalmente terminamos de hacer esta obra todos nos sentíamos satisfechos de haberlo logrado y lo bautizamos con el primer partido. Yo por ser alto, delgado y atleta, fui uno de los mejores.  Ya mi tiempo estaba dividido entre el  ajedrez, practicar karate y jugar al fútbol o al  voleibol; mi tiempo lo distribuía en todas estas actividades.

Siempre tratábamos de tener la mente ocupada, para no pensar en nuestras familias, muchas de las cuales estarían aguantando hambre, ya que la mayoría de los detenidos eran el sostén económico del hogar. Pasábamos la tarde realizando las mismas actividades; nunca se nos permitió recibir la visita de ningún familiar, quizás muchos de ellos no sabían a donde nos encontrábamos, si estábamos vivos, muertos o desaparecidos. Cuando salí de esta prisión, supe que mi familia me había buscado por todas partes,  hasta en los anfiteatros, en otros centros de reclusión; quizás su situación y desesperanza era peor que la mía; siempre la misma respuesta, aquí no está y no sabemos nada de esa persona.

En una mañana nos encontrábamos alineados y reunidos en frente de cada respectiva celda, como lo hacíamos todos los días para cantar el himno nacional, y entre el grupo de detenidos se encontraba un hombre bajo de estatura con una joroba muy pronunciada , en esta ocasión estaba atrasado y solamente lo estábamos esperando a él, para cantar el himno nacional; el jorobado salió de su celda y caminando se alineó con el resto de detenidos; el sargento de guardia le grita con voz alta ¡ yo no tolero los atrasos  o es que necesitas una escolta especial para que te despiertes!,  el jorobado responde ¡es que no me siento bien!;  el sargento le grita, ¡te vas a sentir mucho mejor si te despertamos a patadas ¡ , al parecer a este hombre le molestaron las palabras del sargento  pues les dijo ¡claro, si los amaestraron para abusar de las personas, ¡ el sargento le da orden, ¡ te callas o te mando callar; ! aparentemente el jorobado entre su malestar y la amenaza del sargento siguió hablando diciendo, !Ustedes disfrutan golpeando a la gente!, ¡nosotros no somos criminales!.  En ese momento se le acercaron los soldados quienes le entraron a culatazos y patadas haciéndolo rodar por la tierra, aun entre los golpes el jorobado les gritaba ¡perros culiados!, ¿acaso  ustedes no son chilenos?,  yo sentía que se me destrozaba el alma por no poder ayudarlo y decirle que se callara, en medio de las risas de los soldados, lo pusieron a girar,  sobre su joroba, le daban vueltas como a un trompo, hasta que perdió sus fuerzas físicas y espirituales; ahora se le escuchaba el sollozo de hombre que lloraba su desgracia, los soldados alzaron su cuerpo dejando ver la mancha oscura de sangre en su camiseta, causada por el castigo tan brutal en su joroba, pienso que todos los que fuimos testigos de este severo castigo, jamás se nos olvidara; era un hombre incapacitado de defenderse y quería desahogar su frustración por medio de las palabras, pero por el contrario recibió una dura golpiza; finalmente los soldados se lo llevaron arrastrando su cuerpo, el sargento terminó diciendo, ¡no voy a soportar ninguna clase de rebeldía, y que esto les sirva de ejemplo!;  también escuché que alguien anda con intenciones de suicidarse, que esa persona no se haga problemas, que nos diga quién es  que nosotros le solucionamos ese deseo rápidamente; a partir de ese momento me quede pensando, teníamos un infiltrado entre nosotros,  tenía que ser uno de los presos políticos y estaba pasando toda la información de lo que ocurría entre nosotros, en mis conversaciones había oído de este hombre que andaba tan frustrado y deprimido , que había expresado en más de una ocasión sus intenciones de quitarse la vida, ahora había llegado a los oídos de los soldados, de ahora en adelante tendríamos que tener cuidado con los comentarios.

Uno de los legados que heredé de mi padre fue una característica que lo distinguía de los demás,  él siempre ha sido, y aun con sus 86 años todavía lo es, de ser el alma de la fiesta  y de tener un buen sentido del humor,  yo al igual que él,  siempre encontraba la forma de producir un momento alegre y hacer reír a los que estaban alrededor mío, aunque muchas veces me llamaron payaso o hazmerreir y me daban diferentes calificativos tratando de opacar esta cualidad, pero que para otros en estos momentos nos traía tantas alegrías, muchas veces me callaba con tristeza, otras veces me daba pena y me mordía la lengua para no decir un chiste.

Pero esa noche estábamos todos alegres, el ambiente estaba para bromas; en un tono de exclamación le digo al Guatón Aranguiz, que en ese momento se estaba desnudando para acostarse,   ¡hey guatón!, chucha compadre,  me he dado cuenta que no tienes ni un pelito  en el poto, y cuando te veo se me para la “tula”; todos respondieron  con risas y silbidos de admiración para el gordo; inmediatamente el guatón se ruborizó y contestó: ¿ no tenís a quien hueviar?, le respondí, que tal si voy para tu cama y te doy un brochasito, pero así suavecito a lo pintor?, total los muchachos no le van a contar a nadie, ¿verdad muchachos?; de inmediato se escucharon las risotadas,  y exclamando dijeron, ¡ noo a nadie ¡, uno de ellos añadió, ¡nosotros morimos “piola”!; Alonso, otro de mis compañeros, dijo en voz alta, ¡yo no digo nada, pero  después voy  yo, me lo dejas lubricadito!; era una atmosfera de picardía y risas, lo simpático era decir brutalidades y estupideces, solamente se escuchaban risas y más risas, casi gritando el Guatón Aranguiz  exclamó, ¿ ustedes no tienen a quien huebiar?; estábamos todos en una risa general, cuando de forma imprevista y de una patada, abren la puerta,  con la poca claridad de la noche, se ven las siluetas de los soldados disparando sus ametralladoras, parecían lenguas de fuego, con los focos alumbraban el interior de la celda y  gritaban: ¡Los dos maricones para afuera!, ¡salgan afuera o los sacamos a todos!, rápidamente me levanté  de mi litera y caminé hacia ellos diciendo, ¡ mi sargento solamente estábamos bromeando, pero cuando estuve a la entrada de la celda, recibí un culatazo en mi cara, que me reventó la boca y me aflojó los cuatro dientes delanteros superiores; caí a la tierra, inmediatamente,  entraron a la celda, me agarraron de los pies  y me arrastraron hacia afuera, luego me dieron patadas y culatazos, me desgarraron mi camiseta y mi pantaloncillo, dejándome totalmente desnudo;  recuerdo que entre los golpes trataba de explicarles que era sólo un juego de palabras y que el Guatón era inocente, pero a las patadas y a los gritos, me mandaban callar,  no querían oír nada ni les interesaban  mis explicaciones, era una gritería espantosa; como pude, me puse de pie y después gritaron , !que salga el otro  maricón!, el Guatón Aranguiz , sin tener culpa ninguna, tuvo que identificarse,  el cual también fue golpeado y maltratado en la misma forma, hasta dejarlo desnudo.

Uno de los soldados gritó, bueno, si estaban calientes, nosotros los vamos a enfriar, van a seguir mis instrucciones;             ¡ a correrrr!,! a correrrr!, ¡a correrrr!,  a la misma vez que gritaban, disparaban sus ametralladoras,  de sus cañones salían como llamas de fuego en la oscuridad; los dos comenzamos a correr, como lo habíamos hecho en nuestro tiempo de adiestramiento en la escuela de grumetes, pero ahora estábamos corriendo como dos locos, en dirección, donde nos alumbraban con los focos, sentíamos que las balas  pasaban por nuestras cabezas; no sabíamos que nos iban hacer, a momentos apagaban los focos, era una noche oscura, la única iluminación era la tenue luz de las estrellas y los fogonazos de las ametralladoras; al momento se escuchó la orden: ¡tierraaa!…! tierraaa!…; rápidamente nos dejamos caer, quedando estirados con la cara contra la tierra; inmediatamente uno de ellos corriendo se acerca y vociferó, ¡noo!…, ¡así noo!…, cuando decimos tierra, ¡tiene que ser de piquero!, con la cabeza y las manos primero, o si no a las malas les vamos a enseñar cómo se hace, nosotros conocíamos los picaderos ,eran los castigos que nos daban cuando estábamos aprendiendo infantería, pero nunca lo habíamos hecho desnudos y descalzos nuestros pies ya estaban adoloridos por las piedrillas del terreno.

Luego escuchamos,¡ nueva orden!, ¡a pararse!, ¡a correr!, ¡a correr rápido!; los soldados corrían detrás nuestro siguiéndonos y disparando cerca de nuestros pies, las piedrecillas y la tierra que saltaban nos azotaban, los tobillos y las piernas; ello nos obligaba a correr más rápido; de repente gritan: ¡tierraaa!…, ¡tierraaa!…ya; esta vez me tiré de picada, arrastrándome, sintiendo que las piedrecillas,  la tierra y la arena se incrustaban en mi cuerpo desnudo convirtiéndolo en una llama de ardor; seguían gritando con instrucciones casi inmediatas,¡pararse!…!,sentarse!…,¡pararse!…,¡acorrer!…,¡acorrer!…,!sentarse!, !pararse!…,!a correr!…; al sentarnos con la rapidez exigida, quedaban también las nalgas y las piernas raspadas y brotando sangre; tenía los pies tan adoloridos que apenas soportaban mi cuerpo, corriendo nos dirigen hacia una alambrada; esta clase de barrera  formaba  parte de una cancha de obstáculos como entrenamiento en la infantería de las fuerzas armadas;  consiste en enterrar cerca de 20 estacas gruesas,  en dos líneas  paralelas a una distancia de 2 metros de ancho, cada estaca separada por un pie ( 30 centímetros)  de distancia;  luego se clavan los alambres de púas encima de cada estaca de un extremo al otro lado; la persona que cruce este obstáculo tiene que pasar lo más apegado al piso que se pueda, para evitar  que los  alambres de púas le causen heridas en la cabeza, la espalda o las piernas ;  al llegar a este obstáculo nos gritan, ¡tierraaa!…, ¡tierraaa!…, ¡vaamos!, ¡vaamos!,  apoyados en las rodillas y en los codos arrastrándonos por debajo de la alambrada hasta el otro lado, ! vamos yaa!, gritaban al mismo tiempo que seguían disparando y vomitando fuego de las ametralladoras; sentía mi cuerpo encendido, adolorido y  raspado hasta mis genitales, también estaba asustado por esta crueldad, pero había que continuar  si queríamos seguir con vida; mientras me arrastraba, las piedrillas se me incrustaban en mis codos, en los antebrazos y en las rodillas, tratando de seguir las ordenes de cruzar rápido no podía evitar las puntas de los alambres que  me  raspaban y con el movimiento se me abrían heridas en la espalda dejándome como  líneas de fuego, aun así tenía que seguir rápido, lo más rápido posible pegado a la tierra no podía detenerme; en un momento escuché la voz llorosa y entrecortada de mi compañero que me decía: ¡chucha!! ya no doy más!, yo le respondí: ¡ánimo Guatón!, ¡Vamos compadre! que ya casi terminamos, puta perdóname compadre,  es mi culpa, pero sigamos hueón, ¡vamos!,! vamos!, le daba ánimo, aunque yo en mi interior sentía que mis fuerzas y mi espíritu también se debilitaban, pero a la misma vez sentía el remordimiento y el pesar de haberle causado este sufrimiento, aunque no lograba entender el porqué de todo esto, el soldado que había escuchado la conversación  se había dado cuenta perfectamente, que esto solo era una broma y no había ninguna mala intención en la picardía nuestra, pero existen esas personas que cambian el significado de alguna situación para denunciar y sentirse importantes a cambio del sufrimiento ajeno.

Cruzar la alambrada se me hizo una eternidad, con los dientes apretados de la rabia, de sentir mi orgullo herido e impotente para rebelarme y el dolor que ya lo sentía en todo mi cuerpo, avanzaba emitiendo gemidos y maldiciones; por fin llegamos al final de la alambrada, inmediatamente nos pusimos de pie, no acabábamos de hacerlo, cuando nuevamente oímos los gritos acompañados del fuego de las ametralladoras, ¡a correrrr!…, ¡ a correr!…;¡ al poozooo!, ¡ rápido para el pozo! , alumbrándonos con las linternas indicándonos la dirección a seguir.

El pozo quedaba cerca de las pipas de agua  los soldados corriendo y con los  disparos, nos dirigieron al centro del campo, cerca de un pozo  que tenía  aproximadamente dos metros de diámetro y tres metros de profundidad; este pozo lo habíamos excavado, con el fin de extraer agua, pero como sólo se encontró greda, salía una agua lechosa de color café y espesa, se había abandonado su objetivo inicial, convirtiéndose en un pozo para desperdicios, contenía un poco más de la mitad de su contenido putrefacto; a veces veíamos cómo los soldados arrojaban restos de comida y basura,  y nosotros en la noche para no tener que ir tan lejos a los cajones de baño y no dejar el mal olor en la tierra donde transitábamos durante el día, orinábamos en el pozo, por el olor fétido, al pasar junto a él, los prisioneros escupíamos; algunos lo utilizaban para vomitar, cuando la comida se les indigestaba;  por lo tanto contenía una mezcla de excremento y putrefacción, en el que hervían los gusanos, flotaban  los elementos descompuestos  y volaban unas moscas negras a su alrededor.

Al llegar al borde del pozo, nos detienen y nos gritan, ahora a refrescarse, vamos para adentro, vamos…vamos…; yo doy un salto con las manos arriba, pensando en la profundidad y el excremento;  alcancé a hundirme cubriendo parte de mi rostro , irguiéndome tan pronto mis pies tocaron el fondo; enseguida levanté mi cabeza a flote escupiendo y limpiando mis ojos ,el Guatón, de un empujón cayó a mi lado, hundiéndose más, porque era más bajito que yo, quedando con los gusanos hasta el cuello; me imaginé que estaba empinado en los dedos de sus pies pues no hacía nada más que escupir; el borde de los excrementos me llegaba a los hombros; inmediatamente gritan, ¡tres segundos para hundir las cabezas o se las volamos!, cuento uno, dos, lleno mis pulmones de aire, cierro mis ojos, aprieto mi nariz con una mano y con la otra cubro mi rostro, doblo mis piernas y me hundo; en el lapso de tiempo que estuve sumergido, muchas imágenes de mi vida pasaron como fotografías por mi mente, una vez más no quería morir pero esto era horrendo, era  indescriptible;  a la misma vez vuelvo a la realidad, no siento al Guatón  Aranguiz a mi lado, señal de que el Guatón no se había hundido; al sentir que mis pulmones estallaban porque no podía resistir más sin respirar, saqué la cabeza y emergí a la superficie, sólo para escuchar los gritos de los soldados y los gritos de mi compañero; al Guatón, lo amenazaban de muerte, de volarle la cabeza de un disparo, pero a éste ya nada le importaba, no paraba de reír y llorar, era una risa mecánica, involuntaria,  les gritaba insultos y groserías a los soldados, ¡mátenme chuchas de su madre!, ¡qué están esperando!, ¡perros culiao!…., había perdido su sanidad,  había perdido la razón y el juicio; pensé para mí que el Guatón se había vuelto loco; inmediatamente le tiraron una soga para sacarlo y apuntándome a mí con la linterna y gritándome ,!y voz conchetumadre ¡húndete o te volamos la cabeza!; nuevamente tomé aire para hundirme y aguantar la respiración ,cuando estaba sumergido sentí los pies del guatón que me rozaban supuse que lo estaban alzando fuera del hoyo,  nuevamente tuve que sacar la cabeza para tomar aire,  al abrir mis ojos  con la luz de las linternas pude ver como lo sacaban arrastrado,  pero de un grito  escuché la orden, ¡hunde la cabeza otra vez!, esta acción la repetí tres veces, cada vez que emergía, de mi cabeza caía la suciedad y el excremento; dentro de mí sentía un inmenso dolor de pena y arrepentimiento, de haberle causado a un amigo esta tragedia, yo era el único culpable, por el solo hecho de querer reír y hacer reír a mis compañeros, pero, ¡qué caro pagaba esta osadía!, me trataba de reconfortar con el hecho de que fuera una locura pasajera, un ataque de nervios,  me imaginaba que lo vería mañana en su sano juicio y curado de sus heridas. .

Al emerger, por última vez, me ordenaron  ¡agarra la soga! La cual estaba colgando y ellos la alumbran con sus potentes focos de luz, al obedecer me arrastraron fuera del hoyo; con gritos y una risa burlesca me dicen, ¡ya te enfriaste!, Jaa..jaa.. ¡Se te pasaron las ganas de culiar! Jaaa..jaa..; mis oídos no estaban aptos para escuchar semejantes burlas después de este castigo y todavía les quedaba  el valor para mofarse de mi situación,; ¿eran totalmente inmunes al sufrimiento humano?. Mientras caminaba de vuelta al cuarto lo hacía como un autómata, se caían los gusanos y desperdicios de mi cabeza y de mi cuerpo, el cual  sentía como una brasa ardiente especialmente en mis heridas; me sentía  ,como un ser perdido, es como estar ausente en vida, es difícil encontrar las palabras para describir este sufrimiento humano.

Una vez en el interior, frente a mi litera, no me atreví a acostarme, pues estaba aún cubierto con toda clase de basura que se adherían a mi cuerpo ensangrentado; temblaba del dolor y de la rabia, estaba herido en lo más íntimo de mi ser, en la dignidad humana que tiene toda persona; tomé una camiseta, volví a salir de la celda y  comencé a limpiarme,  lo hice lo mejor que pude, pero tuve que repetir esta limpieza pues la primera camiseta quedo empapada;  después de un rato tratando de quitarme lo asqueroso y la suciedad, quedando el olor  maloliente,  pensando en esperar hasta la mañana siguiente, para bañarme y limpiarme, no quería dejar esa pudrición y hediondez en mi lecho; me apoyé suavemente en la pared de tablas, doblé mis piernas y me senté en el piso de tierra; era un silencio absoluto, mis compañeros que aún estaban despiertos, pero no se atrevían a decir nada ni a preguntar nada, probablemente por no herir en ese momento mis sentimientos o por temor a que los soldados estuvieran escuchando.

Permanecí un largo tiempo sentado con mis brazos alrededor de mis piernas encogidas, y mi cabeza apoyada en mis rodillas; lentamente me fui acostando de lado para quedar encogido, utilizando mi brazo  para apoyar mi cabeza; mi mente era un desorden emocional, me sentía humillado, despojado de toda dignidad humana; fui entrando en un estado de desolación y tristeza, ya no quería seguir viviendo, había perdido todo incentivo por la vida, recordé  cuando era niño y mi madre y mi abuela me llevaban a la Iglesia y me hablaban de Dios, me decían que no hiciera cosas malas porque Él me estaba mirando desde el Cielo; mi abuela tenía el dicho, !Dios castiga pero no a palos!, ¿ cómo yo podía creer esto, encontrándome en estas circunstancias?;  me era difícil creer que existiera  un Dios;  yo  no era una persona que visitaba la Iglesia ni creía en milagros pero tampoco creía merecer un castigo semejante y me quede pensando, dirigí mi vista al cielo y con mis ojos aguados en lágrimas le dije, ¿ si en realidad Tu existes? y Tu eres el creador, !, Tú me diste la vida, ahora te la doy de vuelta, no quiero seguir viviendo, quiero cerrar mis ojos y nunca más volverlos a abrir, te lo pido de corazón, si Tú en realidad existes, escucha mi ruego, ya no quiero seguir viviendo ,  sentía como las  lágrimas corrían por mi rostro, le estaba entregando mi vida.

Cerré los ojos y quedé  adormilado; perdí la noción del tiempo, cuando de pronto vi  que de la penumbra se me acercaban tres figuras como flotando en el aire, solamente podía distinguirlas de la cintura para arriba; venían cubiertas como con un velo de novia que cubría su rostro, pero podía ver el color de los velos, que se iluminaban en la oscuridad, eran  amarillo, rosado y  azul , al estar frente a mí la primera alzó sus manos y abriendo el velo amarillo hacia los lados me mostró su rostro angelical de mujer y me dice, ¡yo soy Fe!; seguida del velo rosado quien también abre su velo  y con una sonrisa me dice,  ¡yo soy Caridad!;  la tercera continúa con el mismo accionar y me dice, ¡yo soy Esperanza!; eran tres mujeres con unos rostros bellísimos que  describían todo lo hermoso que podría imaginarme  de este mundo;  reflejaban tantos sentimientos juntos que entré como en un éxtasis de alegría y de gozo espiritual.

Cuando la primera,  la del vestido amarillo, me quedo mirando con unos ojos los cuales reflejaban una gran dulzura y  con una leve sonrisa me habló,   ¡yo soy  Fe, tienes que tener fe en ti, tienes que aprender a tener  fe en la vida, fe en tus actos para poder sobrepasar todos los obstáculos que se te presenten en la vida; el hombre no nace hombre, el hombre se forja en el camino, a través de todos los problemas  y las barreras que debe vencer ; si tú tienes fe en ti mismo, nadie puede quebrantar tu poder; debes tener fe toda la vida, no importa lo duro o imposible que parezca el problema, nunca debes darte por vencido; la fe no se compra ni se regala, tampoco te la pueden quitar es tuya,  tú no puedes perder la fe; ella te debe acompañar en todos tus actos por el resto de tus días; ten fe en ti mismo y siempre estaré contigo!.

La segunda dama; Caridad, con su velo  rosado,  reflejaba tanta dulzura en su sonrisa y en su forma de mirar ,que no era necesario que hablara, sentía que me invadía una energía positiva indescriptible ,  me habló con bondad y con cariño y me dijo: ¡aprende a aceptar  y a convivir con los seres humanos,  todos pertenecen a este mundo, aprende a aceptarlos, porque no hay dos iguales, por más  injusto que parezca lo que estás viviendo, ayuda a los necesitados, tienes que entender que todos tienen  diferentes destinos; entiende y acepta las diferencia de acciones y sentimientos, no los culpes, todos son humanos,  comparte con ellos lo mejor que puedas, acepta y entiende todo sentimiento , aunque te parezca injusto  el castigo todos en algún momento van asumir sus acciones, entiéndelos, no tienen la culpa, ellos también sufren, pero les toca actuar, convive, ten sentimientos, entiéndelos, piensa en ellos,  compréndelos!.

Me habló la tercera virgen, Esperanza, con su velo azul,  su mirada y su rostro reflejaba una humildad  y una  paz eterna,  me dijo: ¡ nunca debes darte por vencido, siempre existe una esperanza en toda situación, Tienes que tener la esperanza que quizás algún día te acuerdes de este mal momento, nadie puede quitarte la esperanza, en todo problema que encuentres en la vida hay una esperanza de solucionarlos y seguir adelante  por más difícil que parezca el camino,  yo soy tu  esperanza, eso es lo que tú debes tener dentro de ti, es lo último que no  debes perder; la esperanza existe en cada uno de nosotros, es el sentimiento más hermoso de cada ser humano para solucionar todo; la esperanza te da vida cuando te sientas muerto, algún día te acordaras, porque no sabes lo que te depara el destino; ten confianza en ti, recuerda que no hay ningún sufrimiento eterno, siempre  hay un mañana y podrás recordar éste momento , la esperanza siempre debe vivir en ti; no puedes perderme, siempre estaré contigo!.

Es importante para mi decir esto porque no puedo repetir las palabras literalmente exactas, es imposible de encontrar las que ellas usaron para darme este mensaje de amor, pero lo entendía perfectamente en la forma como estas damas  se turnaban  para hablarme, cada frase concordaba con el siguiente mensaje, yo movía mi cabeza  mirando  sus rostros y escuchaba como poseído por algo que estaba por encima de mi voluntad,  me lo decían por frases separadas, estando todo  sincronizado,  para darme el regalo de la vida con una infinita energía, cada vez que lo recuerdo  siento que para mí fue algo celestial, divino, espiritual o no sé cómo llamarlo; quisiera añadir diciendo que pienso que todos debemos tener un ángel lo difícil es despertarlo o encontrarlo, son muchos los testimonios de personas que han estado al borde de la muerte ,en peligro, y han sobrevivido para contar su experiencia con algo sublime, para mí este mensaje me ha guiado durante toda mi vida.

Al amanecer al día siguiente cuando abrí los ojos me sentía adolorido, tullido, y mi cuerpo doblado en la tierra aun tiritaba, me enderecé, tomé una toalla jabón y champú y me dirigí a las pipas de agua para quitarme el mal olor, lavarme las heridas y tratar de evitar alguna infección, ¡pero quería vivir!; había despertado con un nuevo incentivo, no importaba lo que me hicieran, quería seguir viviendo, en mi mente aún estaban las imágenes de estas tres vírgenes que ahora al recordarlas eran una inspiración divina y me producían una sonrisa de bienestar y deseos de seguir viviendo.

Al llegar a la celda, Jaime Salazar, uno de mis compañeros  conocido como el Mente me preguntó: ¿estás bien Lolo?, yo sólo le contesté, sí;  entendieron  que quería estar sólo,  me quedé tendido en mi litera, meditando acerca de  mi mensaje, hasta que llegó la hora del desayuno, al regresar nuevamente me tendí en la litera, no quería hacer mis ejercicios de karate, no quería jugar ajedrez, solamente quería recordar mi aparición; mis amigos Mejicano y el Negro Gómez que dormían en diferentes celdas, se habían enterado que yo había sido uno de los afectados por el picadero de la noche anterior  y llegaron a buscarme a mi celda, al verlos me levanté de mi cama con la intención de saludarlos estirando mi mano, pero el Mejicano era una persona muy afectuosa se me acerca y me da un abrazo diciendo, ¿como estai lolito?,  yo le contesto,  bien compadre;  mientras abrazaba al Mejicano, me quedo mirando al negro Gómez quien estaba  parado al lado nuestro con sus brazos cruzados, preguntándome,  ¿ y vos hueón no vai a hacer los ejercicios?,  hablándoles a los dos les digo que me perdonen por hoy porque me siento  adolorido debido a que quedé un poco maltratado por el castigo de anoche,  el Mejicano me queda mirando, alza su brazo derecho abrazándome y me dice, ¡está bien compadrito, pero si necesitas algo me buscas, yo le contesto, gracias compadre,  el negro Gómez  se despide diciendo, ok  Lolo  descansa; el negro Gómez no era demostrativo ,el ocultaba sus sentimientos, yo sabía que existía un cariño especial entre nosotros pero yo lo entendía y aceptaba  su forma de ser.

Nuevamente me volví a tenderme en mi cama  para seguir meditando, me hablaba y me dije, voy a luchar hasta el final, esperanza tenía razón, si logro sobrevivir de esta experiencia, después puedo recordar lo duro que fue; estaba optimista, seguro que saldría avante, fue como volver a nacer.

Esa aparición me marcó para el resto de mis días, me salvó la vida, porque volvió a renacer en mí la esperanza por vivir, la esperanza de que algún día saldría de este infierno, pero para ello necesitaba un impulso adicional y ese impulso llegó del más allá; no lo sé, lo único que sé es que salí fortalecido de esa aparición y con nuevos ánimos de continuar luchando por mi supervivencia y por salvar mi vida; creo que existe un más allá y que nos suministra esa voz de aliento en el momento que más lo necesitamos, que nos da una fuerza adicional superior cuando estamos al borde  del desfallecimiento.

Durante los días siguientes tenía un debate mental en contarles sobre  la aparición a mis compañeros o callarme, pero si callaba me sentía  egoísta por no compartir algo tan significativo para el estado anímico, puede que ellos también entiendan el mensaje, me preguntaba por qué yo quería que mis compañeros sintieran este mensaje de vida, quería compartir con ellos, para que tuvieran más fe en sí mismos y más esperanza, la que necesitaban en la situación en que nos encontrábamos;  estando en una noche de silencio decidí tomar la palabra y les conté la aparición que tuve con las tres vírgenes, quería  que ellos recibieran esa fuerza adicional y celestial; pero sin excepción  todos  se quedaron en silencio, sin decir palabra alguna  hasta el otro día, que noté que me miraban diferente, creyeron que me estaba volviendo loco y me  trataban con pena y compasión.

Pensé en contarle a una persona Evangélica  que estaba en nuestro grupo, al que nosotros precisamente por esa razón le decíamos el Hermano Nelson Córdova;  pensé que posiblemente él podía entenderme  y valorizar el mensaje, pero también guardo silencio; al pasar  los días sentía que la reacción era colectiva, me trataban con pena, aunque yo sin darme cuenta andaba como ausente; al llegar la noche tendido en mi cama miré hacia el cielo con frustración y me pregunté, ¿qué puedo hacer?,  quiero ayudar pero nadie me cree, después de un lapso de tiempo tuve la respuesta, “ese mensaje era solamente para mí”, nunca más volví a mencionarle nada a nadie sobre la aparición; me la guardé hasta hoy día que la comparto con todos ustedes.

Después de esta experiencia han pasado más de treinta años y nunca he sido   un hombre religioso, ni nunca he vuelto a molestar ni a pedir nada,  por lo contrario, hay ciertos momentos que he sentido una infinita alegría y me he sentido tan dichoso, tan agradecido  de estar con vida y de tener una familia, el hecho de ver mis hijos nacer, de verlos crecer, cuando he conseguido ciertos logros materiales que nunca pensé llegar a tener,  he mirado al cielo  y con una sonrisa de satisfacción, de todo corazón le  he dado las gracias al creador y a mis tres ángeles.

Después de estar detenido seis meses en Isla Riesco en Colliguay, cada cierto tiempo el sargento  encargado gritaba los nombres de las personas que tenían que  preparar sus cosas porque debían ser  trasladados, como no sabíamos para dónde, solamente especulábamos, posiblemente a un nuevo recinto de detención,  o probablemente los llamaban porque les iban a dar la libertad; era un tormento que continuamente teníamos, no sabíamos si la llamada de nuestro nombre era para bien o para mal, si alegrarnos o entristecernos; era una incertidumbre que nos acompañaba, cuando nos formaban para que el sargento, sacando la lista del bolsillo llamara los nombres preseleccionados;  con el tiempo nos enteramos que debido a las condiciones tan inhumanas en que nos tenían, había intervenido la Cruz Roja Internacional y poco a poco los llamados eran trasladados a otros centros de detención.

Estaba sumido en mis pensamientos,   cuando llega la orden de preparar nuestras cosas, ya que íbamos a ser trasladados dentro de una hora, mis compañeros y yo dialogábamos, los soldados  nos habían compartido un mínimo de información para tranquilizarnos  ya que éramos marinos y los soldados eran infantes de marina, esa simpatía se llamaba chilenismo, era normal, éramos hermanos de nuestra tierra, nunca nos imaginamos que seríamos divididos por diferencias sociales, por política, por ideologías,  por ambiciones de poder y más que todo por influencias extranjeras;   nadie nunca nos había preparado para vivir estos momentos;  pero esta vez nos habían dicho en forma precavida que éramos trasladados a un mejor centro de detención.

PRESO EN EL CAMPO DE CONCENTRACION DE PUCHUNCAVI
Puchuncaví es un pequeño poblado que está situado en la parte central de Chile, a una hora de Valparaíso.

UBICACIÓN DEL CAMPO DE PUCHUNCAVI
Este centro de detención lo habían construido, reformando un grupo de casas de veraneo de este famoso balneario, en el cual los primeros detenidos estaban siendo forzados a instalar los postes y a rodearlo con alambres de púas, también construir las torres de vigilancia y otros trabajos diversos.
El balneario había sido construido en el gobierno del presidente Allende; era una serie de viviendas con pabellones tipo A, con departamentos, para que los trabajadores del gobierno pasaran sus fines de semana durante el verano; cada pabellón tenía 40 metros de largo, dividido en cuartos para cada familia.
Nuestra rutina diaria era la siguiente:
7.00 Levantada
7.30 Himno Nacional
8.00 Desayuno con avena caliente y pan.
Seguidamente nos daban instrucciones de trabajo para asegurar la privacidad de este nuevo campo de concentración.

12.0 Almuerzo con carne, estofado y sopa caliente
Por la tarde lavábamos la ropa, para lo cual nos suministraban jabón, o realizábamos más actividades deportivas.

17:00 Onces con sándwiches y té caliente.
17:30 a 18:00 Actividades deportivas internas o lectura, con libros suministrados por la administración.
18:30 Acostarse.
Con el nuevo régimen, fue cambiada completamente su infraestructura y de un lugar veraniego pasó a ser un campo de concentración para albergar a los presos políticos, contrarios del nuevo gobierno; pero habían interrogatorios y torturas; se veían llegadas y traslados de prisioneros, mientras nos tenían trabajando afuera, podíamos distinguir algunas acciones y movimientos con los detenidos, para lograr una mayor seguridad y evitar la fuga de los presos, fueron instaladas cercas de alambre, similares a las que existían en el campo de concentración de Isla Riesco. Había un poste cada tres metros, en la parte superior tenía enrollados una doble alambrada de púas, con torres de vigilancia, cada 50 metros, de 8 metros de altura, desde donde se alcanzaba a divisar el pueblo de Puchuncaví, ya que estaba ubicado en el borde del mismo nombre.
Algunos de los detenidos hacían hoyos bien profundos para luego instalar los postes, pisotearlos y asegurarlos para que quedaran extra firmes, toda esta labor era supervisada por los guardias, no podíamos avanzar hasta que ellos revisaran y así poder continuar después de la inspección, otros reclusos pintaban las cabañas y los pabellones; al final del día había que limpiar y organizar las herramientas y lavar las brochas.
Uno de los detenidos en el proceso de limpieza de las brochas, después de sacudirla tratando de quitarle el máximo de agua para secarla, se le ocurrió pasarla por una reja de alambres escribiendo las letras M.I.R. …lo que a simple vista no se veía nada porque era de día, pero al llegar la noche con la luz de los focos gigantes las letras se podían distinguir como una sombra. Inmediatamente fue informado el oficial de guardia el cual dio instrucciones al sargento, que enseguida llegó corriendo con un pelotón de soldados dando gritos de salir afuera de las cabañas y correr hacia la cancha de futbol, el mismo terreno liso de tierra color amarillenta con piedrillas, duro como el concreto; es común encontrar este tipo de terreno en Chile. A gritos nos daban las órdenes de correr rápido, a la vez que los soldados nos daban culatazos y patadas, corriendo a nuestro lado y gritando, ¡apúrense!, ¡corran comunistas culeados!; momentos como éste nos tomaba de sorpresa; la gran mayoría de nosotros, en nuestras mentes nos preguntábamos, qué de malo habíamos hecho para haber causado este tipo de reacción y maltrato.
Al estar todos agrupados el sargento dirigiéndose a nosotros en alta voz, nos grita: “aparentemente aún les queda el espíritu de revolucionarios, quiero saber quién o quiénes escribieron la sigla MIR en la reja”; hubo un momento de silencio, casi todos nos quedamos mirando y nos hicimos la misma pregunta , ¿ a quién chúcha se le ocurrió escribir estas letras, cuando este grupo de izquierdistas revolucionarios eran los más buscados y odiados por los militares y la oposición?, ahora entendíamos la gravedad de esta situación y el castigo que nos esperaba; como el silencio continuaba y el culpable no se delató, el sargento dijo: “aunque haya sido uno sólo, todos pagan por él ”, alzando su brazo derecho y luego apuntando hacia la izquierda de él grita: “a correr!, a correr!”; nuevamente esta acción va acompañada de culatazos, patadas y empujones, después de unos segundos se escucha la segunda orden, “!tieerraaa!!”; ya estábamos familiarizados con esta maniobra, nos estaban dando un picadero; ¡Pararse!, inmediatamente como movidos por un resorte, nos erguíamos; no terminábamos de pararnos cuando recibíamos la siguiente orden de: ¡A correr!, salíamos inmediatamente, los más lentos recibían de nuevo la orden acompañada de culatazos, patadas e insultos; en seguida oíamos el grito de ¡sentarse!, lo hacíamos casi automáticamente, no había lugar para el cansancio; nos repetían la orden de correr, levantarse, sentarse; así durante unos 30 minutos. Estábamos cansados, raspados, maltratados, transpirados y tendidos con la cara pegada contra la tierra, oliendo el polvo levantado por este picadero, cuando el sargento dice: “esto es lo que yo opino del comunismo”, procedió a bajarse el cierre de su pantalón para sacarse el pene y empezó a orinarse mientras caminaba por encima de nuestros cuerpos, seguido por los soldados quienes inmediatamente repitiendo la misma acción; se orinaban por todos los lados apuntando con su orín a la cara y la cabeza nuestra, muchos de ellos con una risa burlesca. Este fue otro de los actos denigrantes y asquerosos muy difíciles de entender e imposible de olvidar.
Se me trasladó a este nuevo sitio de detención en abril de 1974; qué diferencia con el campo de concentración anterior; las condiciones sanitarias eran mucho mejores; había electricidad, agua, baños individuales y piezas mejor construidas en madera, la cual era más térmica, especialmente para la temporada de invierno; en forma alegre me habían dicho mis amigos, la comida era variada; al día siguiente de mi arribo, el sargento de guardia hizo el anuncio que teníamos derecho a tener visitas y que nos iban a proporcionar con papel y lápiz para escribir a nuestros familiares, esta noticia me llenó de alegría y optimismo, me regresaba el alma al cuerpo y no podía evitar tener una sonrisa en mi cara, de pensar en volver a ver a mi padre, a mi familia y por supuesto a mi novia Gina; había sido una larga e intensa espera, por primera vez en nueve meses, fui a buscar papel y lápiz y con mucho entusiasmo empecé a escribir comunicándoles que estaba bien y que tenía muchas ganas de verlos, pensando que algunos de los soldados o alguien que estuviera a cargo, fuera a leer mi carta para enterarse de la información que estábamos dando, no me atreví a hacer ningún comentario de los castigos y maltratos sufridos además esa noticia les causaría pena y sufrimiento; no mencioné nada al respecto, así pude comunicarme con mi familia mediante la carta que les envié, en ella les decía que estaba vivo y que permitían visitas, solamente los días domingo, que sería para mí una gran alegría volverlos a ver y que esperaría ansioso por una respuesta de ellos.
Poco después de una semana tuve respuesta de mi padre anunciando su visita para el domingo siguiente. Toda mi familia había vivido en la incertidumbre por nueve meses, yo nunca había dejado de pensar en ellos, mi ansiedad crecía día a día; hasta que finalmente llegó el encuentro, al vernos con mi padre, caminamos con los brazos abiertos hasta encontrarnos y abrazarnos fuertemente emocionados, con sus ojos bañados en lágrimas, me decía con voz entrecortada, tanto que le he pedido a Dios y a la Virgen que te cuidaran, he rezado mucho por ti y que le había hecho una “manda” a la Virgen de Lo Vásquez, que si me encontraba vivo, entraría de rodillas al templo, el cual es un largo camino pedregoso con escalinatas; con el tiempo me enteré que cumplió con su promesa , llegando con sus rodillas raspadas y ensangrentadas resistiendo el dolor hasta llegar; al interior del templo y a los pies de la estatua de la Virgen,; él le ofreció este sufrimiento a cambio de mi vida para demostrar su agradecimiento.

Lo sentí feliz de haber encontrado vivo a su hijo, ese amor por mí me emocionaba, este era mi padre que habiendo sido tan riguroso conmigo cuando era muchacho ahora me mostraba lo que yo significaba para él; cuando uno es niño muchas veces no entiende el comportamiento de los padres, llegamos a pensar que no nos quieren porque nos enseñan obediencia, buena conducta, disciplina, honestidad y responsabilidad, pero lentamente todo llega a su tiempo, y ahora estaba viviendo la segunda lección de amor de mi padre, la cual me lo demostraba con sus lágrimas salidas de lo más profundo de su ser, demostrando el amor que un padre tiene hacia su hijo, ésta era la escuela de la vida. Después abracé a mi madrastra con quien había tenido desavenencias en mi juventud, ella era una persona muy organizada y aseada, todos los días arreglaba la casa, se olía a limpieza, admiraba y saboreaba su forma de cocinar los típicos platos sureños, los dulces y los kuchens, como su origen es de la ciudad de Osorno, cocinaba con la influencia alemana, con el paso del tiempo llegué a quererla y a admirarla, por eso la llamo mamá, luego procedí a abrazar y besar apasionadamente a mi novia Gina, agradeciéndole su visita y con quien nos conocíamos desde temprana edad, al despedirme de ellos me sentía diferente, empezaba a recobrar el optimismo, ya no me sentía tan solo, esa noche me quede dormido con una alegre sonrisa.
Pasaba el tiempo y pensábamos si hasta ahora habíamos logrado sobrevivir sin haber sido ejecutados ¿cuál sería el próximo paso y cuánto tiempo más pasaríamos en estas condiciones?; ya teníamos desesperación por obtener la libertad; pero por el momento eso era imposible porque éramos considerados un peligro potencial para el nuevo régimen. Después de 2 meses en Puchuncaví, poco a poco los detenidos eran trasladados para la cárcel de Valparaíso, yo era uno de los últimos 12 marineros que quedábamos; una razón era que había logrado ser ayudante de cocinero, comía sabroso, me trataban con dignidad pero solo era ficticio y sólo pensar en llegar al recinto tan denigrable y asqueroso en medio de los antisociales me repugnaba la idea, pero no tenía alternativa, por ser ayudante de cocinero fui trasladado en el último grupo.

Finalmente llegó el momento, nos dieron la orden de empacar nuestras cosas, mientras lo hacía, hablaba con mis compañeros, ¡vamos hacerle una visita al Guatelapi!, ¡Si ¡vamos a ver los patos malos!. Al momento llegaron los soldados ordenando que saliéramos con nuestras cosas, primero nos esposaron con las manos adelante, esta vez éramos trasladados en un bus color verde oscuro, el cual se encontraba dentro del campamento frente a las cabañas, al subir al bus nos dieron orden de dejar nuestras cosas en los asientos y después sentarnos en el piso, cuando habíamos terminado, nos encapucharon (siempre lo hacían cuando nos cambiaban de un lugar a otro, así no sabíamos por dónde pasábamos ni a dónde nos dirigíamos); aunque en ese momento sabíamos, porque nos lo habían dicho que éramos trasladados a la Cárcel Pública de Valparaíso; ¿por qué volver a ese establecimiento, ahora como no éramos militares seríamos procesados como civiles?, ¿sería finalmente sentenciado por sedición y amotinamiento?, ¿sería condenado a pasar en la cárcel de 5 a 10 años?; por mi mente pasaban muchas preguntas pero siempre se quedaban sin respuesta.

Al iniciar el viaje nos dimos cuenta que no nos prohibieron hablar aunque esposados y encapuchados nos comunicábamos haciendo algún chiste o diciendo algo jocoso para quebrar el silencio, recuerdo uno de mis reclamos: ¡chuchas que está duro el piso!, y como no tengo poto, no tengo como amortiguar los saltos del bus!. Pasaron 20 minutos de viaje y olimos como a aceite quemado, entonces asumimos que íbamos cruzando las refinerías de ConCon, más tarde escuchamos los gritos y la euforia de mucha gente alegre, asumimos que pasábamos por el balneario de Reñaca, cuando el bus bajó su velocidad, doblando continuamente en cortas distancias, supusimos con mayor certeza que estábamos en Viña del Mar, conocíamos estos lugares debido a que en esta ciudad están las escuelas educacionales de los marinos; además estos balnearios son conocidos en todo el mundo formando parte del litoral chileno que siempre ha sido y será un atractivo en el turismo internacional; ahora me estaban llevando nuevamente a la cárcel pública; ¿sería el paso a mi libertad?; ¿estaría acercándome a un juicio final?; ….

Un día por la tarde, ya oscureciendo, me encontraba en mi celda cuando oí que los guardias gritaban mi nombre, ¡ Jaime Espinoza!, mi amigo Víctor Martínez (el “Perrito”), se asoma en el umbral de la puerta y me dice: Lolo, te están llamando hueón ,  Me pareció extraño, a la vez, que mis amigos en la celda me miraban curiosos; rápidamente me paré de mi cama y caminé hasta  apoyarme en la reja del tercer piso y les respondí con un grito, ¡Aquí!; el guardia me responde,! baja con tus cosas!; al escuchar estas palabras, todos abrimos los ojos sorprendidos y quedamos mirándonos, el Mejicano interrumpe diciendo: conchetumadre  estai libre;  para mi, esa frase era como un imposible  y no le puse atención, me di media vuelta y comencé a reunir mis pertenencias mientras que mis amigos al escuchar las palabras del guardia empezaron a llegar, el “Boleto” me preguntó, ¿te vas Lolito?, el “Negro” respondió: se va para la casa a echar “cachita”, Bernardo exclamó, ¿estai hueon?, son las mujeres que lo están esperando para cortarle los cocos, ellos se reían, yo estaba serio, confundido sin decir palabra alguna, no tenía humor, mi mente era un nudo de pensamientos, al poner mi ropa en una bolsita me enderecé, me  quedé mirándolos y empecé a abrazar fuertemente a mis amigos, mientras ellos me decían, ¡cuídate Lolito!, ¡suerte compadre!, Carlos (el “Choro Alvarado”) me preguntó, ¿te vas libre Lolo?, no sé para donde voy, le respondí, no tengo idea porqué me llamaron, me dio un abrazo y me dijo: bueno, suerte compadre, Julio Gajardo me dio unas palmaditas en la espalda diciéndome: parece que hasta aquí llegamos juntos, escribe y manda frutas, Nelson Cordova (el “Hermano”), me abrazó y me dijo al oído: que Dios te acompañe Lolito.

A medida que caminaba y me despedía, sentía una mezcla de emociones, quizás éste era el día tan esperado, pero ¿por qué solamente yo y no mis amigos?, me sentía mal al dejarlos, no quería que fueran a pensar que en algún momento les había sido desleal, que aunque no habíamos llegado juntos, ahora éramos como una familia, pero ¿a dónde podrían llevarme?; al llegar frente a los guardias que me estaban esperando, les pregunté, ¿ me pueden decir  adónde me llevan?, uno de ellos me respondió, no sabemos nada pero hay unos soldados esperándote, al escuchar esto, mi corazón aceleró el ritmo; caminamos por un pasillo, antes de llegar a la oficina, uno de ellos me ordenó dejar la bolsa en el piso y colocar las manos atrás, me pusieron las esposas y también la capucha negra sobre la cabeza, cuando me cubrieron la vista, sentí miedo y mi corazón  aumentó los latidos; por mi mente volvieron a pasar las imágenes de los momentos tan horrendos que había vivido y que me tuvieron al borde de la muerte;  le pregunté a los guardias: ¿por qué la capucha?, uno de ellos me contestó: esas son las ordenes, seguidamente me agarró por el brazo y me dijo: ¡camina!, después de unos pasos nos detuvimos para que nos abrieran la última puerta de barrotes que era la primera para entrar al recinto penal,  caminando un corto lapso de tiempo me soltó del brazo, inmediatamente otra persona me preguntó mi nombre,  al responderle me agarraron de los brazos ordenándome, ¡camina!; después de unos pasos, recibí una nueva orden, ¡detente, levanta un pie y baja la cabeza!, subí un escalón y casi alzándome me entraron a un vehículo y me sentaron, yo sabía que cuando efectuaban una acción de éstas, no permitían que el detenido hablara, tuve que mantener silencio, en mi imaginación  me preguntaba, ¿dónde me llevan?, ¿qué van a hacer conmigo?, me decía “Dios mío no me abandones, si me has mantenido con vida hasta aquí, estoy a Tu disposición para realizar cualquiera de tus obras”, reaccionaba preguntándome, ¿alguien me habría acusado de nuevos cargos, me habrían confundido con otra persona?, pasaron unos minutos y el vehículo se detuvo, me ordenaron bajar, nuevamente obedecí la orden de caminar,  escuché abrir y cerrar puertas, hasta que me sentaron en una silla, pasaron unos minutos y escuché una voz con acento extranjero que me preguntaba;

Interrogador:   ¿Cómo te llamas?

Jaime:      Jaime Espinoza

Interrogador:   Cuáles son tus cargos

Jaime: Se me acusa por sedición y motín.

Interrogador: Tú  estabas en el Centro de Telecomunicaciones en la Quinta normal en Santiago.

Jaime: Sí señor

Interrogador: Tú eras el líder comunista en Santiago y hacías reuniones para conseguir más integrantes

Jaime: No señor, como siempre lo he dicho, en la reunión todos dábamos opiniones  para evitar matarnos entre chilenos.

Interrogador: ¿Cómo sabían que se iba a dar un golpe militar?

Jaime: Yo pienso que todo el país lo presentía.

Interrogador: Tú estabas en contacto con los otros marinos.

Jaime: No señor, siempre lo he dicho, yo no los conocía.

Interrogador        : Ellos confesaron que te conocían.

Jaime: No señor, solamente los conocí  estando preso.

Después de esta última pregunta hubo un momento de silencio, escuche el abrir de una puerta, luego sentí que me agarraron por los brazos, alzándome nuevamente me hicieron caminar para  entrar probablemente al mismo vehículo en que me habían transportado a este lugar, después de un corto viaje nos detuvimos y procedieron a bajarme, luego oí el ruido del carro que se alejaba mientras me hacían caminar agarrado por los brazos, después de un corto lapso de tiempo nos detuvimos, me quitaron la capucha, al mirar alrededor me di cuenta que estaba en el interior de un edificio, después procedieron a sacarme las esposas, me entregaron la bolsa con mis cosas; uno de los  soldados me ordenó, ¡sigue por este pasillo hasta el final,  a mano izquierda  hay una oficina de secretaría, entra, allá te están esperando!; yo no entendía  nada, estaba totalmente confundido, quería creer que éste era el día tan esperado, pero no podía celebrar, también pensaba que quizás me habían traído solamente para entrevistarme con un alto oficial, probablemente éste era un edificio totalmente resguardado y era imposible escaparse, mientras caminaba  no dejaba de imaginarme algo que fuera lo contrario a mi libertad, era demasiado increíble para aceptarlo, estaba sumido en estos pensamientos, cuando veo salir un hombre de la oficina a la cual me dirigía, me  quedo mirándolo; no podía creer lo que mis ojos veían, era mi padre quien también me había visto y  abría sus brazos caminando hacia mí, yo también los abrí,  sin decir palabra, nos fuimos acercando, sentí que una emoción se apoderaba de mi ser, apreté mis dientes y arrugué los ojos para evitar las lágrimas; al chocar nuestros cuerpos nos abrazamos fuertemente y él me dice al oído, “estás en libertad”, ahora sí podía llorar de alegría y lo hacía en los hombros de mi padre a quien continuaba abrazando; después de un lapso de tiempo, él también emocionado me dijo, “ tienes que entrar a la oficina a firmar algunos documentos”, al ingresar me llamó la atención de ver un gran salón, en un rincón había un hombre uniformado de la Armada, y cerca de la puerta de entrada había un hombre vestido de civil sentado frente a un escritorio, al acercarnos me preguntó:  ¿usted es Jaime Espinoza?, yo mirándolo a los ojos le contesté,  sí señor, luego se dirige a mi padre y le dice, Don Eduardo, tengo que hacerle unas preguntas a su hijo, ¿ puede esperar afuera por favor?”, por supuesto, responde mi padre y procede a abandonar la sala cerrando la puerta, el hombre se queda mirándome y me dice,  usted tiene que querer mucho a su papá, usted está libre por él, ha venido muchas veces a pedir y rogar por su libertad, hoy día tuvo un quiebre emocional haciéndonos la promesa  con una pistola y que se mataría frente a nosotros;  nos gritó que él nunca había sido arrestado y que ningún miembro de su familia había sido comunista, que toda su vida había vivido de su trabajo, actuando con honestidad, que su record era intachable  terminando en un quiebre emocional; por su padre nos hemos contactado con el fiscal a cargo y se hizo una consideración especial, dejándolo que hoy salga bajo fianza, se va a mantener encerrado en su casa y una vez por semana deberá presentarse para firmar a la base más cercana;  su padre se ha hecho responsable por usted.  Después de firmar los respectivos documentos extendí mi brazo despidiéndome con un apretón de manos en agradecimiento por la información que me diera de mi padre y la consideración que tuvieron conmigo al dejarme en libertad.

Salimos los dos caminando de la fiscalía militar en Valparaíso; qué sensación tan hermosa,  sentirse libre, ser dueño de la libertad es un privilegio que no se aprecia hasta que se pierde, me parecía que habían pasado tantos años que hasta el aire que respiraba lo olía diferente; aunque estaba oscuro, mi vista no se cansaba de mirar a los alrededores y hasta los sonidos de los vehículos al pasar eran música para mis oídos;  me encontraba ensimismado en mis pensamientos cuando mi padre me pregunta: ¿qué quieres hacer?, yo le respondo, me encantaría ir a comer una buena comida de mariscos al lugar donde me llevabas cuando niño, “La Caleta el Membrillo”, vamos, me responde; en este lugar nos habíamos quedado algunos fines de semana y dormíamos en la camioneta, yo, algunas veces de día, otras en la noche, me paseaba por las orillas observando el romper de las olas en las rocas, me quedaba fascinado mirando como bailaban las algas marinas  esperaba las cuatro de la madrugada para ver a los pescadores que se montaban en sus botes a remos  y se internaban mar adentro; a veces les hablaba saludándolos, con la intención que me invitaran a pescar, yo soñaba que algún día, cuando fuera grande ,me compraría un botecito para salir a navegar y pescar, no había dudas que yo había nacido para ser un hombre de mar.