En ASMAR, Talcahuano

Las detenciones en ASMAR, Talcahuano*

Las detenciones en los astilleros se desencadenan dos días más tarde, al mismo tiempo que Allende anuncia un nuevo gabinete. De los aproximadamente 25 organizados en ASMAR, serán detenidos diez trabajadores. El martes 7, el jefe de la segunda zona naval, Jorge Paredes Wetzer, anuncia:

“Se ha determinado irrefutablemente que en esta Zona Naval, elementos civiles de extrema izquierda intentaron infiltrarse en algunas unidades y en la planta ASMAR de Talcahuano, logrando que un muy reducido número de personal naval infringiera gravemente sus obligaciones militares”….(El Diario Color 8-8-73)

El jueves 9, hacia las 15 horas, se presenta un operario al taller de combustión interna, donde trabaja Tomás Matus, para informarle que el comandante lo necesita. Cuando Matus entra al despacho, lo encañona un infante de marina y el comandante dice: “Ud. se mueve y es hombre muerto”. Camino al fuerte Borgoño, el detenido ve cuerpos desnudos en el lodo, quizá parte de un montaje para aterrarlo, quizá marinos torturados. Las torturas duran dos días. Igual que a los otros, le dan muchos golpes brutales; colgado de los tobillos, lo sumergen en un tonel con agua, orina y excrementos. El capitán Luis Kohler le pregunta por el movimiento subersivo en la Marina, su estructura, y el “golpe de Estado” que darían. Cuando las respuestas no corresponden al escenario del capitán, lo vuelven a colgar y la tortura continúa. Más tarde, ante el fiscal Jiménez deberá repetir “ lo que Kohler en la práctica nos había metido en cabeza”, si no los amenazan con volver a la tortura ([E] Matus, 2003).

El conocido noticiario radiofónico Reporter Esso informa de detenciones de marinos en Valparaíso, difundiendo algunos nombres, y de las probables “ramificaciones” del grupo en Talcahuano. Víctor Reiman escucha mencionar a un marino con el que había estado en contacto. Comprende que su detención es inminente; piensa desertar y toma algunas disposiciones. Sin embargo, impulsado por una mezcla de inercia e incertidumbre, continúa presentándose al trabajo, donde finge una vida normal.

El juevez 9 llega tarde al trabajo, hacia las 11 horas, a causa de la huelga del transporte, y se incorpora al equipo que repara el crucero O’higgins. Tres cuartos de hora más tarde, cuando sale al rancho, su carnet de identidad ha desaparecido de la guardia, el lugar donde todos debían dejarlo, pero poco después un oficial del buque lo trae de vuelta. Durante el almuerzo, un amigo le informa de otras detenciones y le aconseja que se vaya en ese instante. Reiman va entonces a la guardia, pretextando un fuerte dolor de muelas y pide ir al hospital, pero le responden que no puede salir. En otra puerta cuenta una historia parecida, pero la respuesta es la misma. De regreso al taller, el oficial lo manda llamar a su despacho, y de inmediato cierra la puerta, le entrega su ropa para que se cambie y le anuncia que está detenido. Allí se encuentra con Sergio Villar, también arrestado. El oficial le informa que no puede hablar con el codetenido y le pregunta si es comunista o mirista y si ha tenido reuniones con ellos. Antes de obtener respuesta, el interrogador hace varias llamadas anunciando “los tengo”. Reiman pide hacer una llamada para avisar a su familia, pero la respuesta es negativa: “Ud. no tiene ningún derecho”.

A la media hora irrumpe un grupo de carapintadas en tenida de combate, con ramas en el casco y armados hasta los dientes, que los suben a un camión en cuyo techo han colocado una ametralladora punto 30, apuntándoles. Reiman ve que llegan al fuerta Borgoño, donde había estado en entrenamiento. Ahí comienza la tortura.

Su situación es dfícil, pués días antes un mirista le había entregado una lista  de los agentes del servicio de inteligencia en la unidad, para que él y los otros se cuidaran de ellos, encargándole que la destruyera lo antes posible. Pero Reiman no lo hizo a tiempo y la lista se encuentra en su cajón.

Los carapintadas, dirigidos por Luis Kohler, quien no oculta su nombre, le preguntan por la organización secreta. Al cabo de un aluvión de insultos, culatazos, golpes y bofetadas, lo llevan a un galpón. Allí lo amarran de pies y manos, lo cuelgan de una viga y lo sumergen regularmente en el tonel con agua sucia hasta que está al borde de morir asfixiado. Le exigen nombres que en realidad no conoce. Luego lo llevan hasta una laguna y le dicen que los otros ya han dicho que él es miembro de la organización y sólo quieren saber cuál es su rol. Antes de que responda algo, un golpe seco detrás de la oreja lo arroja al agua y lo deja casi inconsiente, sin poder moverse. El mismo torturador le tiende su fusil diciéndole         “ ¡Agárrate de este fusil si no te vai a ahogar huevón! ” . Lo sacan semi ahogado y vuelven a llevarlo al galpón, donde continúan sumergiéndolo en el tonel.

Con la ropa empapada, lo llevan a una sala donde varios oficiales lo presionan con los clásicos roles del bueno y del malo: uno le ofrece cigarrillos, café y comida; el otro entra gritando  “¡ quién le está dando garantías a este hijo de puta cuando es comunista ! ”, para luego patear la mesa y derramar todo sobre él. Finalmente lo tiran en un galpón maloliente, donde se escuchan disparos, golpes y los desgarradores gritos de los torturados ([E] Reiman, 2003).

Al día siguiente (o quizá dos días más tarde), lo llevan ante el fiscal Jiménez, quien lo interroga en compañía de una secretaria que transcribe los interrogatorios, mientras los infantes de marina esperan en la puerta. El fiscal suele pedir respuestas de tipo sí o no. Cuando la víctima no dice lo que espera escuchar, Jiménez amenaza y a veces golpea. A Víctor Reiman lo abofetea gritando “ ¡ oye, hijo de puta, vas a seguir mintiendo ! ” y le exige que repita lo dicho ante los torturadores; “ si no te mantienes en línea con esto, te voy a mandar para el fuerte Borgoño nuevamente”.

Después de este interrogatorio “oficial”, lo conducen a los camarines del estadio de la base. Allí permanecen unos días, junto con otros detenidos. El grupo es trasladado brutalmente a la isla Quiriquina y más tarde al cuartel Rodríguez, donde los marinos que les llevan la comida tienen prohibición estricta de hablarles. Víctor Reiman está tan enfermo de un oído que lo llevan al Hospital Naval, donde le dicen que van a operarlo, pero en realidad no lo hacen (Sólo años más tarde, en Suecia, será operado del tímpano dañado por las torturas). Pocos días después, a principios de septiembre, su padre, cuidador del sindicato Caupolicán de Chiguayante desede 1947, también es llamado a declarar (Causa 3926, foja 665).

* Extracto del Libro, Los que dijeron “ NO “, Editorial LOM, del Historiador Jorge Magasich  Tomo II,138 – 141

 

Las detenciones de Henry Gómez , Q.E.P.D.

y Humberto Lagos*

En 1973 Henry Gómez estudia medicina de día y trabaja de noche como miembro del equipo de bomberos de ASMAR. Los pocos militantes de los Astilleros que conoce son detenidos en agosto, o están tan despavoridos como él. Esa semana le corresponde, por primera vez, actuar contra un incendio de la máquina de un buque, pero cuando llega al fuego había sido sofocado. Entre los que vienen saliendo ve a su amigo José Maldonado, miembro de la organización. Mientras conversan de las detenciones sin saber qué hacer, los interrumpe un teniente, quien llama a Maldonado a su oficina, donde lo detiene y comienza a interrogarlo.

Cuando Henry Gómez sale del trabajo el viernes 10, sabe que tiene por delante tres días feriados. El lunes 13 de agosto se entera por la prensa de que están torturando a detenidos. Ese día lo contacta Humberto Lagos, próximo al MIR, para informarle lo que sabe, incluidas las torturas, y le aconseja no volver.

Gómez se decide y deserta el 14 de agosto. Los miristas lo ubican en una “casa de seguridad”, donde conversa con Pedro Henríquez, uno de los abogados de los marinos. Con Humberto cambian de casa regularmente. Pasan los días y cuando la tensión ha decaído, al menos en apariencia, le proponen instalarse en una “cabina”, es decir en una habitación para estudiantes en forma de cabañas, construidas en las colinas que entornan la Universidad de Concepción. Lo instalan en la cabina 7, “del coro”, que exhibe un imponente retrato del Che Guevara…Gómez prefiere quedarse en un hogar de estudiantes más distante de la universidad, pero la noche del 10 de septiembre duerme en la cabina 7. Allí lo detendrán.

El 11 de septiembre, los primeros estudiantes que salen de la cabina pasan por entre los militares que, aparentemente, aún no han recibido la órden de detener. Cuando Henry sale, un oficial grita: “ ¡Ya! Ese último pelucón de vuelta!” Dos conscriptos muy nerviosos lo tiran contra el retrato del Che y le hunden en el cuerpo los cañones de sus fusiles, mientras resuenan disparos contra los que intentan escaparse por los cerros y se escuchan aviones volando raso. Gómez se da cuenta de que es el golpe de Estado.

Le pregubntan el nombre: “Jaime Bello” responde, ya que poco antes había destruído la tarjeta que lo acredita como miembro de la Armada. Lo registran y le encuentran un volante del MIR que había recibido el día anterior en la universidad.

Lo trasladan a la Isla Quiriquina, transformada en un campo de concentración. Entre un centenar de detenidos, él y otros siete son marcados con una venda blanca. Entre los prisioneros se encuentra con Cheto ( ¿Alberto Malbrán? ), uno de los militantes que asistían a reuniones de su grupo, quien le dice “tú no me has visto aquí”. Un poco más tarde, cuando lo interrogan, le retiran el reloj donde está grabado su nombre. esta vez debe aceptar que se llama “Henry Gómez”, que ha participado en reuniones en las que se hablaba de la lucha de clases, etc, y da los nombres políticos de los que asistían, lo que lo vincula al proceso de los marinos. Le preguntan entonces si los ha visto entre los detenidos, y un poco inseguro responde “ No “. Lo envían a la cárcel y debe repetir la declaración ante el fiscal.

En una ocasión, Henry es llevado al fuerte Borgoño, donde ve a Humberto lagos, “con la cara llena de cicatrices de cigarrillos quemados, y gente torturada por todas partes, con los brazos quebrados, con las caras hinchadas, las bocas hinchadas, lo ojos hinchados, me dio miedo”, recuerda. H. Lagos había perdido contacto con los militantes que lo cobijaban, y lo detienen cuando va a juntarse con su mujer en el teatro Rex. (Causa 3926, foja 676). A Gómez le preguntan por Lagos, pero sólo quieren confirmaciones.

Finalmente, Gómez es parte de un grupo que sale del fuerte Borgoño. Les ordenan subir a un furgón; su amigo Jaramillo entra el primero. En el vehículo ve una metralleta instalada, aparentemente abandonada. No cae en la trampa; se detiene y llama al sargento, quien lanza algunas groserías y la retira. Muy probablemente se trataba de una provocación para incitarlos a la fuga; “estuvimos cerca de…” piensa Henry Gómez, quien es condenado a tres años. ( [E] Gómez, 2003 )

*  Extracto del Libro, Los que dijeron “ NO “, Editorial LOM, del Historiador Jorge Magasich  Tomo II, 286 – 288.